Soy una común in-armada a la que le resulta un tanto inquietante que el vecino de al lado pueda tener una pistola en su mesilla de noche. O peor, en la guantera de su coche. Aunque tampoco me obsesiona la idea. Hasta el momento, exceptuando mi visita a The Gun Store, solamente he visto a un civil con un arma enfundada (a la vista). Fue en un bar en Beatty (NV). Música country como banda sonora, billetes de un dolar firmados por las paredes y un hombre entrado en años, al que parece pesarle la vida, con una pistola recostada en su cinturón de piel. Hecho que, al parecer, no inquietó a nadie más que a mí. Afortunadamente, la noche trascurrió sin ningún sobresalto que requiriera de un desenfundado a lo John Wayne.

Ayer volví a ver un arma de fuego, en la tienda del pueblo. Los ojos se me fueron directamente al cinturón sin caer ni cuenta de quién era su dueño. Hice un barrido hasta llegar a la insignia dorada de su polo negro, se trata de Mike, el Sheriff del Condado. Su gesto amable me acabó de convencer de que podía seguir a lo mío sin la menor de las preocupaciones. Estuvo un rato rebuscando dentro de una caja de zapatos puntas para cazar; cuando terminó le indiqué a Shirley, la dependienta, que podía cobrar al jefe primero en un alarde de generosidad, que no de peloteo. “Hay que tener a la autoridad contenta”, pensé. O al menos no cabrearla demasiado.

Así como no es habitual ver a civiles armados por la calle, también os diré que éste no es un tema tabú. Hace un par de semanas me enteré de que dos amigas disponen de armas de fuego en casa, una de ellas tiene siete rifles de caza y la otra de una pistola pequeña para defenderse. No se jactan de ello pero tampoco tienen miramientos a la hora de compartir tan sensible información (al menos, para mí). Cuando les explico que en España no es un derecho el poder disponer de armas de fuego, se quedan un tanto atónitas. Sin embargo también los hay que, dándole una patada a la discreción, alardean de su “juguetito” cual Ferrari a pie de calle.

Con tanta devoción por estos artilugios es normal que los sheriffs, police y demás cuerpos tengan que andar con pies de plomo. También cuando por ejemplo, paran a un vehículo tras cometer una vulgar infracción de tráfico. Esa imagen tan típica de las películas de los agentes acercándose a los vehículos con la mano acariciando la pistola, listos para desenfundar, es un calco de la realidad y una escena muy recurrente en cualquier carretera del país. Y personas con la cabeza recostadas sobre el capó del coche y esposados también, pero a eso ya volveremos otro día.

Se me quedó grabada una frase del manual de conducir de NV: “Recuerda que usted sabe en todo momento con quién está tratando (refiriéndose a un agente), sin embargo él no sabe a quién tiene delante”. Lamentablemente, yo tampoco conozco a la mayoría de mis vecinos. Por suerte (si es que podemos encomendarnos a ella en estos temas), donde trabajo han prohibido la entrada de cualquier tipo de arma de fuego. Quizá esa sea la razón por la cual Ron aparcaba en el párking de visitantes…

*Texto escrito el 24/1/14.