Pues sí, ya estoy en Sudáfrica. Y tigres aparte, la experiencia promete.

Madrid fue escala esta vez, más larga de lo que esperaba. Me permitió coger aire y, con el tiempo, echar también de menos lo desconocido, las ganas de explorar, de ponerme a prueba. Y aquí estoy estrenando una nueva microvida que puede durar semanas, años, quien sabe. A menudo digo que la incertidumbre es lo que llevo peor de esta existencia un tanto nómada, pero también me da vida.

Dicen que las comparaciones son odiosas. Sin embargo es inevitable tomar como referencia algo que conoces para afrontar lo nuevo. Puede ayudar. O puede hundirte en la miseria. Lloré Madrid cuando deserté en Tonopah y lloré Tonopah cuando regresé a Madrid. Ahora es el turno de echar de menos Barcelona, Madrid y Tonopah desde Johannesburgo.

Primera impresión

Jo’burg (“yogurt” para mi abuela) no es Tonopah. No sientes el calor de una pequeña comunidad volcada en su gente. Es más fría-a pesar del tiempo-. Y más solitaria -a pesar de tener 6 millones de habitantes o igual esa sea precisamente la razón-. Vuelvo a ser diminuta, anónima.

Es bastante menos África de lo que esperaba pero sin perder su colorido carácter ni su salvaje belleza natural. La ciudad, más extensa que vertical, está engullida por un frondoso manto verde infinito y en octubre sus calles se tiñen de violeta por la caída de las hojas de las jacarandas. Y llueve mucho. Muchísimo en esta época del año (primavera), a tormenta diaria para ser más exactos. Eso sí, para no importunar demasiado, lo hace generalmente a partir de las 5-6 de la tarde, lo que se agradece porque a esa hora la gente de bien ya estamos recogidos en casa. Tampoco hay mucho más que hacer a esas horas porque los comercios cierran relativamente pronto y recomiendan no deambular por la calle cuando se apaga el sol.

Es una ciudad de contrastes, de ghettos y desigualdad. Por la zona de Sandton, una de las más ricas y seguras según dicen, no es extraño ver cochazos como McLaren, difíciles de encontrar incluso en Beverly Hills. Las zonas residenciales están tomadas por agentes de seguridad privada, incluso se cierran calles los fines de semana en la zona de River Club y dejan abiertas aquellas que disponen de guardias 24/7. En contraposición, y no muy lejos de allí, hay barrios como Alexandra donde cuesta encontrar calles asfaltadas, las chabolas se agolpan sin orden aparente y se amontona la chatarra. Vistas desde una posición elevada, sin embargo, sorprende descubrir que muchas tienen instalada la antena de la televisión por satélite. Mandela residió en este barrio antes de ser presidente. No es muy recomendable dejarse caer por esta zona, me avisan nada más llegar.

Y es que ésta está considerada un ciudad peligrosa, si bien es cierto que en los últimos años el nivel de criminalidad ha descendido, hay que ser precavido. Hasta el momento no he tenido sensación de inseguridad ni temor alguno, pero cuesta cambiar el chip. De tener la tranquilidad de dejar la puerta de casa abierta o el coche en marcha para ir a recoger las cartas a la PO BOX (Tonopah) a disponer una app con un panic button (prometo una entrada desarrollando este tema) por si las cosas se ponen feas. Los barrotes en ventanas y puertas, el alambre de espino y las vallas electrificadas forman parte del paisaje de esta ciudad que apenas dispone de aceras para pasear. Y es que aquí casi nadie pasea por la calle, como en Las Vegas, exceptuando la zona del Strip (aunque al menos allí sí hay aceras). Si quieres pasear, mejor hacerlo por alguno de los incontables e interminables  parques como el botánico de Emmarentia o por alguno de sus centros comerciales como el que se encuentra en el Nelson Mandela Square. Esto último de pasar el día en el centro comercial es muy yankee y muy madrileño también. Sin ser Las Vegas la panacea, es uno de mis referentes juntos con mi primera locura: Tonopah. Espero encontrarle a Jo’burg tantos encantos como tienen para mi este pueblecito de Nevada y la ciudad de las luces.

Tormenta

NOTA: Haai es “hola” en Afrikans.

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