Coger distancia. Relativizar. Respirar. O cómo intentar controlar la impulsividad. ¿Es algo que se aprende con la edad o cuando la vida te da limones?

Con todo lo que está cayendo es difícil mantener la compostura. Da igual de qué “bando” estés. Siempre habrá algo del “otro” que te moleste. Algún comentario desafortunado (según tu punto de vista) que te duela. Hace no mucho estaría escupiendo mis verdades a doquier, indignada como pocos, respondiendo mensajes que buscan una respuesta a corazón abierto. Buscando, incluso, qué piensa aquella persona sobre este tema. Enfermizo. Pero no he venido a hablar de política (seguramente tendría más sentido en estos tiempos que corren). Si ya no le encuentro el sentido a amargarse por temas políticos, mucho menos por fútbol.

Con lo que yo he sido. Lo cierto es que yo era de esas, que lloraba (literalmente) cuando perdía mi equipo, el Barça, por supuesto. Que dejaba de cenar y me acostaba de mala leche. A la mañana siguiente no leía periódicos y evitaba todo contacto con hooligans como yo (del equipo contrario, claro). Si me buscabas, me encontrabas. Y si no, quizá también. Cuando llegaron las malditas redes sociales, la cosa empeoró notablemente. De repente, somos expertos de todo y todos tenemos una opinión que merece ser compartida. ¡Qué fácil es vomitarle a una pantalla! ¡Y que gratuito, “atacar” las ideas o sentimientos de los demás!

Lo que intento explicar -aunque creo que sin éxito- es que no me encontraréis discutiendo por las redes ni de política y mucho menos de fútbol. Cógete un vuelo, te invito a un café y hablamos de lo que quieras.

NOTA: Lo de ayer duele. Hablo de la eliminació del Barça ante una immensa Roma en Champions. Pero ya no me quita el apetito, ni el sueño, ni mucho menos me roba una lágrima.

NOTA 2: Lo de anoche fue otro tremendo ejercicio de autocontrol para mí. Apagar el móvil. Respirar y descansar. Salud!