Algo bonito para un día gris de otoño. Un par de cielos de lugares muy particulares.

Tonopah

Pocos cielos he visto más impresionantes que el de Tonopah. Su altura (6047 pies o 1.800 metros) y el hecho de que esté en mitad de la nada (a 300 millas o 480 kilómetros de la ciudad más próxima) hace que las estrellas, que parecen multiplicarse cada noche, brillen sin competencia. Su atardecer no es menos impresionante. Se tiñe de un intenso rojo bañado de vivos rosas y naranjas. Su belleza quita el hipo. No exagero. Hay algo de “casa” en él y mucho de morriña.

Johannesburgo (y alrededores)

¡Como visten las nubes el cielo de Johannesburgo! Parece que posen. Y que bailen al compás de la tranquila brisa que emborracha a sus paisanos; o de sus tremendos vendavales que amenazan, sin piedad, con lluvia. Sus bravas y generosas tormentas crujen el cielo como si no fuera a haber mañana. Me producen cierta nostalgia. Me trasladan a las tardes otoñales en casa de mis abuelos en Cala Canyellas (Costa Brava). Ha llovido demasiado desde entonces.