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Algo bonito para un día gris de otoño. Un par de cielos de lugares muy particulares.

Tonopah

Pocos cielos he visto más impresionantes que el de Tonopah. Su altura (6047 pies o 1.800 metros) y el hecho de que esté en mitad de la nada (a 300 millas o 480 kilómetros de la ciudad más próxima) hace que las estrellas, que parecen multiplicarse cada noche, brillen sin competencia. Su atardecer no es menos impresionante. Se tiñe de un intenso rojo bañado de vivos rosas y naranjas. Su belleza quita el hipo. No exagero. Hay algo de “casa” en él y mucho de morriña.

Johannesburgo (y alrededores)

¡Como visten las nubes el cielo de Johannesburgo! Parece que posen. Y que bailen al compás de la tranquila brisa que emborracha a sus paisanos; o de sus tremendos vendavales que amenazan, sin piedad, con lluvia. Sus bravas y generosas tormentas crujen el cielo como si no fuera a haber mañana. Me producen cierta nostalgia. Me trasladan a las tardes otoñales en casa de mis abuelos en Cala Canyellas (Costa Brava). Ha llovido demasiado desde entonces.

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Mi romance con lo kitch, lo artificial empezó -sin buscarlo ni quererlo- en 2008. Me atrapó cuando viajamos a Estados Unidos a visitar mi hermano Alex, que por aquel entonces vivía en Truckee (un pueblo de California con bastante más atractivo que Tonopah, las cosas como son). Tras pasar frío en San Francisco, disfrutar cada kilómetro de la carretera costera californiana descubriendo maravillas como Carmel, pisar el famoso Los Angeles y mi favorito San Diego, el colofón de un viaje inolvidable iba a ser Las Vegas (muy a mi pesar, por aquel entonces). Antes, una parada que no venía de paso y seguramente era del todo innecesaria.

Mis compañeros de viaje me arrastraron -no hubo convencimiento alguno- a cruzar la frontera para tomarnos una costosa Coronita en  Tijuana, México. Una decena de carteles nos anunciaban que “estábamos a punto de abandonar Estados Unidos” con un implícito “¿estás seguro de ello?. Y nosotros hicimos caso omiso a cada uno de ellos. Nos adentramos en un barrio de lo más pintoresco, del que salimos por patas. La gracia de pisar el país vecino nos llevó a cinco horas de espera en la frontera,  amenizada por vendedores ambulantes y músicos, para cruzar a USA de nuevo. Eso sí, podemos marcar en el mapa que hemos “visitado” México, que es lo importante. Esta aventura retrasó notablemente nuestra llegada a la ciudad de las luces yankee, que fue a las 2 am, una hora intempestiva para todo el mundo excepto para los lugareños y los españoles, claro. Por supuesto, no había habitaciones en los casinos principales -era Semana Santa- y nos alojamos en un motel muy modesto a pie de calle del famoso Strip. La ciudad del entretenimiento y yo no empezamos con buen pie; ni sus llamativas luces ni los esperpénticos edificios me impresionaron. Pero se hizo la luz y, con ella, llegó mi asombro. Dejé las Uggs en la maleta (estábamos a 30 grados en marzo, todas las piscinas abiertas) y recorrimos la parte más turística de la ciudad.  Y caí rendida. La había subestimado. Entonces el destino intervino y nos mandó a ese pedazo de desierto en 2012. Y el resto ya lo sabéis.

No, no es lo mismo pero…

Mi visita al Montecasino de Johannesburgo -un año después de mi llegada a la ciudad- despertó sentimientos que creí olvidados. Hacía ya dos años que abandonamos Nevada a toda prisa y, desde entonces, no  había pisado ningún casino. Si soy sincera, los únicos que he pisado han sido en USA y, ahora, en Sudáfrica. No, no me interesa el juego en absoluto, de hecho solo he apostado -siempre al 7, 17, 27- a la ruleta el mínimo requerido y en contadas ocasiones. Además en los casinos siempre se pierde ya sea dinero o la dignidad (barra libre de bebidas mientras estás activo en la mesa). Sin embargo, el envoltorio, su “acompañamiento” sí me llama: espectáculos como el de David Coperfield, conciertos como Muse, OffSpring, Foster the People o El Circo del Sol. Estar en un local y que suba Sean Paul al escenario a presentar su hit “She doesn’t mind”. Esto no pasa en cualquier lugar. La diversión tiene una dirección. Y la opulencia también.

Sun city y Montecasino

Cruzando el charco, en un lugar que poco o nada tiene que ver con la realidad norteamericana, hay un rincón que quiere parecerse a Las Vegas.  Su nombre Sun City. Está ubicado en mitad de un paraje incomparable, el Parque Nacional de Pilanesberg, que no tiene nada que envidiar al desierto de Nevada. Aunque el calor también aprieta en esta época del año (febrero), es mucho más llevadero. Por nostalgia, quizá. O por frikismo, si quieres elegí este lugar para pasar una fecha señalada. Y no me defraudó. Nos hospedamos fuera del inmenso complejo, en un pequeño resort llamado Kingdom a una hora y media de Johannesburgo, a cinco minutos de Sun City y a quince del parque nacional. En nuestra visita al gigante del entretenimiento me alucinaron las instalaciones dedicadas al disfrute de sus clientes: la playa de olas, el lago dónde realizar actividades acuáticas; y en menos medida el casino -muy discreto y con poco jugador- y la zona de restaurantes. Un inconveniente, si no te hospedas en el complejo, te hacen aparcar en la entrada y desplazarte en autobús lo que no resulta muy cómodo si viajas con niños pequeños.

Sin embargo, no hace falta irse tan lejos cuando la morriña aprieta. En el norte de Joburg hay un casino-sin-más con buenos restaurantes y espacios para los más pequeños como la reserva de pájaros (“Birds Gardens”). La luz igual de tenue, el mismo olor y el sonido de las máquinas me invitan a viajar a esa etapa de mi vida que tanto extraño.

 

Que yo me bajo. Apenas me he recuperado del mazazo del domingo y ya recibo otro golpe bajo: 59 muertos en Las Vegas, 200 heridos. Más crueldad, más violencia para un mundo perdido, enloquecido.

Esta mañana tenía la esperanza de que todo hubiera sido un sueño, o mejor dicho, una pesadilla. Hablo, claro está, de lo acontecido ayer en mi ciudad, Barcelona. Brutalidad en estado puro. Pero el dolor no viene de porras ni pedradas. El dolor viene por el odio profundo de unos a otros. Las ganas de herir al compañero, al conocido incluso al amigo. “Solo” por defender otras ideas. ¿Estamos todos locos? ¿Por qué este odio? ¿Por qué si quiera existen palabras como hispanofobia o catalonofobia? ¿Por qué nos tenemos tan poco respeto? ¡Qué poco nos queremos! No hemos aprendido nada.

Terrible arma la que tenemos todos en nuestras manos que nos convierte en monstruos apáticos. Escupimos veneno en lugar de hablar. Arrojamos piedras contra amigos, familia. Juzgamos. Prejuzgamos. Señalamos. Ayer, tras semanas ignorando el Facebook -con lo que he sido yo- colgué un video de violencia policial sin poner comentario alguno.  Ni tres minutos después empiezan a llover críticas procedentes de mi otra casa, Madrid. Tras un par de contestaciones  me doy cuenta de que eso ya no va conmigo; no quiero contribuir a crear más odio. Escucho a mi mejor amiga -que suele ser bastante más sensata que yo- y borro el video. El que me conozca sabe que costó pero no me arrepiento. No voy a entrar en su rueda, ni el de un bando ni del otro. No quería polemizar. No quería incomodar a nadie. No buscaba provocar, sí denunciar una situación que, a mi parecer, es injusta.

Cerré Facebook y abrí WordPress. Lo hice hasta en cuatro ocasiones -también después de muchos días ignorándolo por otros motivos- y lo volví a cerrar sin escribir un solo caracter. No era el día. Demasiados sentimientos encontrados. Pensé que hoy me sentiría algo mejor. Estaba equivocada. Estoy profundamente dolida. Abatida. Por tanto odio, tanta violencia. Tanta falta de empatía. Tanto rencor. Tan poco amor. Sin embargo, hoy -a diferencia de ayer- no me callo. Tengo voz, tengo opinión. Y quiero decir lo que ayer denuncié mediante un video: que no justifico ningún tipo de violencia, independientemente del uniforme que se lleve o bandera que se sostenga.

Y ya que estoy, apelar un poco a la cordura y al diálogo. Otro matiz. Aquí ni tu ni yo somos culpables. Ni tu ni yo hemos llevado al país a esta situación. Aquí los únicos responsables son los políticos de nuestro querido país que han sido incapaces de sentarse, de dialogar, de escuchar al otro. De hacer su trabajo por el que todos les pagamos. Pero, en cambio, somos tu y yo los que nos lanzamos bolas de goma.

Los que veis en mi escrito una posición política, una información sesgada, es vuestro problema. No el mío. Mis horas me ha llevado reunir el valor de esperar para expresarme. Quería huir de mi impulsividad que tanto daño me hace y que tantas noches en vela me ha traído. Siento mucho y muy intensamente y me duele el corazón literalmente al leer según qué cosas de gente que aprecio. Soy consciente de que éste sí es un problema mío. Ayer conseguí dormir tras muchas vueltas, gracias a unas disculpas que llegaron a tiempo. Sí, desde Madrid. Gracias a los dos, de corazón.

Llevo toda la tarde encendiendo interruptores al entrar en cada habitación de la casa y el resultado es siempre el mismo: oscuridad. Sin luz natural desde las 18:30 y sin electricidad desde las 14:30 (por suerte ya comidos).

Los cortes de luz son habituales en Johannesburgo pero, por suerte, en nuestro barrio (River club) no sucede con asiduidad. De hecho, es la primera vez que lo sufro en mis carnes aquí. Y que quieres que te diga, la luz es casi de lo menos. La nevera y el congelador lleno de deliciosos manjares cocinados por mis padres antes de volver a España echados a perder. Comida caliente. Ducha caliente. El wifi, por supuesto. Y la tele (que nunca la vemos, pero cómo se echa de menos cuando falta). Ese tipo de cosas que no valoras a diario.

Y de repente un flashback: campamento saharaui en 2009. Abandonados por nosotros (sí, por los españoles) en mitad del desierto argelino. Sin luz ni agua caliente. Sin nada (acompañados solamente por la ténue luz de las estrellas). Y de ahí, al México post-terremoto. A Puerto rico post-huracán. A Siria.

Aquí volverá la luz eventualmente, en muchos otros lugares del mundo tardará demasiado tiempo en volver.

Devastada. Rota por estar tan lejos de los míos, tan lejos de Barcelona. Hoy especialmente. No me salen las palabras. Podría hablar de tristeza, de impotencia, de horror. Sin embargo, éstas se quedan cortas. ¡Cuanto dolor!. Machacada al revisar los terribles videos que están difundiendo vía whatsapp o los propios medios de comunicación. “No cal”, que diríamos en Cataluña (no es necesario). De verdad. Entiendo las ganas de comunicar, de informar, de ser los primeros. ¡Cómo no lo voy a entender! Sin embargo, no creo que ayude ni aporte nada más que dolor y angustia. Un periodista ha llamado a mi hermano preguntándole por si tenía vídeos. En el momento del atentado se encontraba en el centro de Barcelona, atrapado -como tantos- en su lugar de trabajo. No, no ha grabado videos ni mucho menos iba a difundirlos. Respeto y coherencia. Mi prima hermana sigue a estas horas encerrada en su lugar de trabajo, su jefa les ha preparado té y les ha prometido transporte hasta casa cuando sea completamente seguro marchar.

Todos los días suceden tragedias que suponen el día más triste en la vida de algunos. Esos mismos días ocurren milagros que hacen que sea el día más feliz para otros tantos. Hoy es un día de tristeza insondable para mí y para muchos, pero no pierdo la fe en la humanidad. Porque enfrente de cada uno que busca el odio somos millones tratando de amar.

 

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Se puede venir a África y vivir la cómoda -aunque no siempre fácil- vida del expatriado. O se puede venir a sumar, por ti, y, sobre todo, por los demás. Prestarle atención a quienes no la reciben normalmente. Allanar el camino de aquellos que no tienen zapatos, quitarles alguna piedra del camino o brindarles calzado. Algunos “solo” quieren tu tiempo, ese eterno aliado al que culpamos y ponemos de excusa tantas veces. No es el caso de Cristina, Francisca, Begoña. Mamás que desafían a diario al reloj, arañándole horas para poder dedicarles ratitos a los que menos tienen, a los eternos olvidados por la gran mayoría. Ellas y otras tantísimas son un maravillosa excepción que marcan la diferencia sin buscarlo, desde la humildad.

Hoy Cristina me ha llevado a un sitio de estos que marcan la diferencia. Un rayito de luz enmedio de la difícil Jeppertown, uno de los barrios mas castigados y pobres de Johannesburgo. El proyecto Streetlight Schools se materializa en Jeppe Park Primary, reconocida como escuela desde hace solo un año y que ya cuenta con más de 150 niños. Pequeños que hace apenas unos meses no sabían coger un lápiz (literalmente) y que hoy plasman en redacciones, con una caligrafía enviable en muchos casos, que quieren ser maestros o bomberos. Jóvenes, con grandes bloqueos emocionales, que vienen de hogares rotos, violentos. Uno trae una pistola el primer día de cole. Otro va loco detras de las niñas.  ¡Lo que habrán visto/vivido en casa! ¡Qué “normalidad” tan cruel!

La escuela está ubicada en una antigua fábrica abandonada -como tantas- tras el fin del apartheid. En un barrio de esos por lo que no conviene perderse. Como tantos. Llegamos a la hora del almuerzo, para muchos su única comida del día. Nos reciben Melanie y Heidi, dos valientes empeñadas en ofrecer educacion de calidad a los menos favorecidos. La primera, abogada de buena familia (Smuts) con demasiadas inquietudes. Y la segunda es una experimentada maestra con las ideas clarísimas y con el método Workshop como bandera. El hermano de Melani, arquitecto e interiorista, mediante magia y a base de materiales reciclados y sostenibles, ha creado unos espacios únicos y a la altura de las galerías más cools de Arts on Main (que se encuentra a escasos metros de aquí).

Nada más llegar se disculpan por la falta luz, nos cuentan que el cuadro general ha fallado y el ayuntamiento debe reemplazarlo, sin embargo es tan antiguo como difícil de encontrar actualmente. Poco importa a alumnos y maestros. Además, las clases estan dotadas de grandes cristaleras que dejan pasar la luz. Y es que como dice su fundadora no se necesitan grandes instalaciones ni grandes medios para enseñar. Con poco se puede hacer mucho. Y este es el mejor ejemplo que he encontrado.

Por si queréis conocer un poquito más deste proyecto os paso este artículo de ABC: http://www.abc.es/sociedad/abci-ensenanza-calidad-low-cost-barrio-desfavorecido-201706080311_noticia.html