A veces la justicia tarda en llegar. Demasiado. Si no que se lo digan a la familia del activista anti-apartheid Ahmed Timol. El Tribunal del Norte de Gauteng (Sudáfrica) ha dictaminado que el joven, de 29 años, no se suicidó precipitándose al vacío desde el décimo piso de la comisaría de John Forster si no que  fue empujado.

Timol fue un activista que luchó contra el gobierno de las minorías blancas en los años 60-70. Y por ello fue detenido en Johannesburgo en 1972; cinco días después de su detención murió tras “caer” por una ventda de la comisaría. Los oficiales que trabajaban ese día aseguraron que el joven se había quitado la vida, un veredicto respaldado por una investigación llevada a cabo entonces.

La familia del fallecido nunca aceptó este veredicto y logró que se reabriera el caso en junio, 45 años después de la muerte del activista. Según esta última investigación, Timol habría sido una víctima más de la brutalidad del apartheid.

Recientemente, activistas de los derechos humanos en Sudáfrica denunciaron que, entre 1963 y 1990, 73 personas habían muerto mientras se encontraban bajo custodia policial. Ningún agente fue responsabilizado por dichas muertes que fueron archivadas como accidentes o suicidios.

Una historia de tantas.

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Tengo vuestro nostálgico otoño. Razón: aquí.

¡Devolvedme la primavera! Que ni siquiera la hemos olido. Finiquitada la época seca, llega la estación de las flores que viene, como no, cargadita de diluvios, de fríos días grises. El verde se impone en sus calles y  los árboles lucen espléndidos, como pintados por el mejor artista. Días cambiantes, inciertos. Amanece soleado y, tímido, se esconde para ceder protagonimo a los nubarrones que descargan sin piedad. La tormenta está lejos de terminar pero, en algún momento, volverá a brillar el sol.

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Esta mañana tenía la esperanza de que todo hubiera sido un sueño, o mejor dicho, una pesadilla. Hablo, claro está, de lo acontecido ayer en mi ciudad, Barcelona. Brutalidad en estado puro. Pero el dolor no viene de porras ni pedradas. El dolor viene por el odio profundo de unos a otros. Las ganas de herir al compañero, al conocido incluso al amigo. “Solo” por defender otras ideas. ¿Estamos todos locos? ¿Por qué este odio? ¿Por qué si quiera existen palabras como hispanofobia o catalonofobia? ¿Por qué nos tenemos tan poco respeto? ¡Qué poco nos queremos! No hemos aprendido nada.

Terrible arma la que tenemos todos en nuestras manos que nos convierte en monstruos apáticos. Escupimos veneno en lugar de hablar. Arrojamos piedras contra amigos, familia. Juzgamos. Prejuzgamos. Señalamos. Ayer, tras semanas ignorando el Facebook -con lo que he sido yo- colgué un video de violencia policial sin poner comentario alguno.  Ni tres minutos después empiezan a llover críticas procedentes de mi otra casa, Madrid. Tras un par de contestaciones  me doy cuenta de que eso ya no va conmigo; no quiero contribuir a crear más odio. Escucho a mi mejor amiga -que suele ser bastante más sensata que yo- y borro el video. El que me conozca sabe que costó pero no me arrepiento. No voy a entrar en su rueda, ni el de un bando ni del otro. No quería polemizar. No quería incomodar a nadie. No buscaba provocar, sí denunciar una situación que, a mi parecer, es injusta.

Cerré Facebook y abrí WordPress. Lo hice hasta en cuatro ocasiones -también después de muchos días ignorándolo por otros motivos- y lo volví a cerrar sin escribir un solo caracter. No era el día. Demasiados sentimientos encontrados. Pensé que hoy me sentiría algo mejor. Estaba equivocada. Estoy profundamente dolida. Abatida. Por tanto odio, tanta violencia. Tanta falta de empatía. Tanto rencor. Tan poco amor. Sin embargo, hoy -a diferencia de ayer- no me callo. Tengo voz, tengo opinión. Y quiero decir lo que ayer denuncié mediante un video: que no justifico ningún tipo de violencia, independientemente del uniforme que se lleve o bandera que se sostenga.

Y ya que estoy, apelar un poco a la cordura y al diálogo. Otro matiz. Aquí ni tu ni yo somos culpables. Ni tu ni yo hemos llevado al país a esta situación. Aquí los únicos responsables son los políticos de nuestro querido país que han sido incapaces de sentarse, de dialogar, de escuchar al otro. De hacer su trabajo por el que todos les pagamos. Pero, en cambio, somos tu y yo los que nos lanzamos bolas de goma.

Los que veis en mi escrito una posición política, una información sesgada, es vuestro problema. No el mío. Mis horas me ha llevado reunir el valor de esperar para expresarme. Quería huir de mi impulsividad que tanto daño me hace y que tantas noches en vela me ha traído. Siento mucho y muy intensamente y me duele el corazón literalmente al leer según qué cosas de gente que aprecio. Soy consciente de que éste sí es un problema mío. Ayer conseguí dormir tras muchas vueltas, gracias a unas disculpas que llegaron a tiempo. Sí, desde Madrid. Gracias a los dos, de corazón.

Llevo toda la tarde encendiendo interruptores al entrar en cada habitación de la casa y el resultado es siempre el mismo: oscuridad. Sin luz natural desde las 18:30 y sin electricidad desde las 14:30 (por suerte ya comidos).

Los cortes de luz son habituales en Johannesburgo pero, por suerte, en nuestro barrio (River club) no sucede con asiduidad. De hecho, es la primera vez que lo sufro en mis carnes aquí. Y que quieres que te diga, la luz es casi de lo menos. La nevera y el congelador lleno de deliciosos manjares cocinados por mis padres antes de volver a España echados a perder. Comida caliente. Ducha caliente. El wifi, por supuesto. Y la tele (que nunca la vemos, pero cómo se echa de menos cuando falta). Ese tipo de cosas que no valoras a diario.

Y de repente un flashback: campamento saharaui en 2009. Abandonados por nosotros (sí, por los españoles) en mitad del desierto argelino. Sin luz ni agua caliente. Sin nada (acompañados solamente por la ténue luz de las estrellas). Y de ahí, al México post-terremoto. A Puerto rico post-huracán. A Siria.

Aquí volverá la luz eventualmente, en muchos otros lugares del mundo tardará demasiado tiempo en volver.

Un atardecer -el último- en Sea Point (a las 18:38), el Maratón de Cape Town con más de 10.000 valientes y una carrera de 10 km con las mejores vistas; el último paseo marítimo por Waterfront y la visita fugaz al ayuntamiento. No hay tiempo para más. En la lista de pendientes: subir en funicular a Table Mountain, bañarme con tiburones u orcas. Si es que estas últimas han dejado algún tiburón blanco. En mayo y junio se encontraron varios escualos muertos cerca de la costa y apuntan a estos cetáceos como culpables. Desde entonces, son muy caros de ver por la zona. Quizá tenga suerte la próxima vez. Tal vez sea buena idea volver en diciembre coincidiendo con el verano. Dicen que es la mejor época. Espero que sea menos ventoso. Habrá más agua, eso seguro. Música para mis oídos -que largo se ha hecho el “invierno” sin una gota de lluvia-. Hasta entonces 12  fotos más de mis últimos instantes en Cape Town.

Soy muy de mar, pese a haber vivido los últimos 12 años lejos de él (Madrid, 7 Tonopah, 4 y Johannesburgo, 1). Es tener el agua cerca y todo me parece más bonito; seguramente sea cosa mía.

Al pisar Cape Town por primera vez tuve la misma sensación que cuando aterricé en Oahu: “¿Por qué tengo que vivir en Nevada, pudiendo estar (y trabajar legalmente) en Hawaii? Al trasladarle esto mismo a mis entonces vecinos tonopeños me miraron con cara de “está chalada”. Y es que a los yankees en general no parece gustarles la idea de estar limitados por nada y el mar no es una excepción. Son más terrestres que marinos (al menos esa sensación me llevé), más de carretera y manta. De coger la RV y recorrerse su infinito país.

Llevaba una semana anunciando a bombo y platillo que, si todo iba bien, el jueves conocería, al fin, Cape Town tras casi un año viviendo “aquí mismo”. Mis conocidos, vecinos y amigos ya me avisaron: “No vas a querer volver”. No se equivocaban. No es solo por el mar. Qué lugar más mágico, histórico, versátil. Si no fuera por el viento.

Aquí 15 rinconcitos de esta mítica ciudad a la que espero volver pronto.

El viento y las nubes se han colado en todas y cada una de estas 13 fotos, robándole todo el protagonismo a los diminutos pingüinos. Sin bajar del coche desde Ciudad del Cabo al Cabo de Buena Esperanza, pasando por Boulders Beach y Simon’s Town: muy colonial, con un aire al Malecón – con permiso de la Havana-.  Y de vuelta a la ciudad, caótico tráfico y un buen majar -con algo de arena- como broche final. Sin noticias de la lluvia, por ahora.