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Siempre me ha dado mucha pereza el apelativo “bloguera”. No me identifico como tal pese a que, de vez en cuando, escribo. Empecé el blog en Tonopah como vía de escape, de supervivencia si quieres. Ni siquiera se me ocurrió a mí la idea.

Pero lo cierto es que escribir me ayuda. Releer me ayuda. A mí y a mi torpe memoria. Me sirve de mecha para encender y revivir momentos mágicos, duros, especiales. Me ha dado alas y me ha quitado el sueño también. Lo he necesitado, lo he abandonado y retomado. Hay entradas que se escriben de una tirada, que apenas revisas y publicas immediatamente, sin más dilación. Que escribes con el corazón o cuando algo te lo ha tocado. Siento que soy más sincera, más real aquí que en las redes sociales que te empujan a mostrar lo feliz que eres.  No, no todo es bueno. Ni siempre tengo días felices. Hay días que no tengo ganas de escribir, que no me salen las palabras. Otros que me salen y prefiero guardarlas bajo llave. Solo para mí.  Éste fue uno de esos días. Lo escribí hace demasiado (el 17 de mayo de 2013, concretamente) y se quedó allí olvidado en el cajón desastre de los borradores, como tantos. Hasta hoy.

“No siempre me cruzo con el Sheriff de mi Condado, me sacan a bailar cowboys o recibo un regalito en la PO BOX. Cualquiera de estas cosas, me puede alegrar el día. Hoy no ha pasado nada (ni bueno ni malo). No le quiero dar más importancia porque no la tiene. Sólo es un día más que pasará. Un día que no me inspira. Hoy no es uno de esos días pero también cuenta. Unas veces tan arriba que no alcanzo ver el suelo, otros tan cerquita de él. No pasa nada (mamá, papá) y pasa todo: os echo de menos, solo eso.”

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Llevaba tiempo intrigada: “¿Quién será el vecino -un tanto jeta- que vende esa morralla, sombra de lo que en su día debió de ser un coche, a un precio que da a entender que todavía anda? Exhibido como si de una ganga se tratase en el único taller-concesionario de Tonopah. Hasta que un día, sin más, desapareció, y pensé: “Por fin han hecho de tripas corazón y lo han desguazado”. Me dio hasta pena, me acordé de mi Seat Ibiza del 97 (blanco y matrícula de Coruña), aún hoy aparcado delante de casa de mi madre y reducido a residuo sólido urbano por culpa de mi incapacidad para deshacerme de mis cosas.

¡Ilusa de mí! Nada más lejos de la realidad. Comprobé poco después que aquel amasijo de hierros, cuya valía puse en duda, realmente sí andaba, ¡y cómo! Las calles mal asfaltadas de Tonopah se le habían quedado pequeñas (o cortas) y, convertido casi en ídolo local, transitaba ahora por el circuito del pueblo. Sí, a duras penas tenemos una tienda de ropa pero disponemos de circuito de carreras y de un aeropuerto (un campo de aviación mejor dicho), ¿qué esperabáis?, es Nevada. Su remedio contra el aburrido verano  es descargar un poco de adrenalina sobre la arena de este desértico estado.

Como si de los autos locos se tratara, más de una treintena de cacharras compiten cada dos fines de semana para combatir el decaimiento veraniego. Así, uno se puede encontrar desde una intrépida campeona llamada Kit Kat (17 años y de nombre Kathryn) en el papel de Penélope Glamour, a un bólido tan peculiar que compite solo, al que bautizamos como el “Bombero Torero” (razón: Juan A.) y hasta tres mal llamados vehículos disfrazados de Capitán América. Todo un espectáculo dentro y fuera de la pista. Y es que no son pocas las veces en que los autos abandonan “accidentalmente” el circuito -en mitad de una prueba- para darse un garbeo por las inmediaciones, imagino que saturados de la monotonía del trazado. Poco trabaja la grúa en estos casos,  y ni se molesta en salir de su jurisdicción (y las dunas no lo son). En la pista, hace más amagos que rescates, y cuando hay un percance es más de empujar el vehículo que de remolcarlo. Puede parecer ficción, pero no lo es. El ruido estridente de los bólidos y los ingeniosos comentarios de los locutores-comisarios amenizan la velada.

Más arropados que nunca, aunque con menos participantes que de costumbre, arranca la última prueba del campeonato. Y es que pesan los casi tres meses de competición, el irregular terreno del circuito ha hecho mella en las suspensiones y los encontronazos con los vecinos amenaza con desmembrar los chasis, que lucen cicatrices cuyos pilotos ni se molestan en disimular. Estos osados pilotos -la mayoría jovencísimos-, un tanto temerarios a veces,  juegan a ser escuderías, haciendo de Alonso, pero también de mecánico y de manager. Que a mitad de carrera se dan cuenta de que el coche pesa demasiado, se deshacen de una puerta sin pasar por boxes y no rinden cuentas a nadie. Lo dicho, unos estrategas natos.

En total, más de dos horas del más auténtico espectáculo del oeste americano, con lo mejor que pueden ofrecer estos hábiles pilotos a pesar de sus coches, los cuales se han ganado un merecido descanso hasta junio de 2013. Sí, nos dejan huérfanos de carreras pero, tranquilos, llegan las ligas escolares para amenizar las tardes de los fines de semana del largo otoño.

Leyendo ¡Consume! 1 y 2 alguno se puede quedar con las mosca detrás de la oreja: Muy bien, la economía americana se sustenta en el consumo interno (y así es, el autoconsumo ronda el 70% del PIB), pero ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo en estos tiempos de crisis (la de ellos mucho más llevadera que la nuestra) se sostiene este modelo? Pues bien, sin entrar a valorar la sostenibilidad ambiental o moral de este sistema, una cosa está clara, para consumir como ellos hay que disponer de unos ingresos generosos. Y he aquí la respuesta al enigma. Aparte de tener un paro relativamente bajo que ronda el 8% -cifra que sin embargo es considerada nefasta para lo que son sus parámetros habituales-, sus salarios son considerablemente más boyantes que los nuestros. Incluso en periodismo, uno de los oficios peor remunerados. Por contra, los precios de la mayoría de bienes y servicios son, dólar arriba euro abajo, parecidos. Es decir, gozan de un poder adquisitivo mucho mayor.

Así, todos con un trabajo (o varios), todos con un horario amable y todos con dinero en el bolsillo. Lejos de prescindir del personal su solución es apostar por el recurso humano  como pilar de la economía. Mal del todo no les va, y por algo llevan (todavía) la batuta.

Ni que decir tiene que esto no pretende ser un análisis económico, no osaría jamás enfundarme una de las chaqueta de Sala i Martín, ni literal ni figuradamente, sólo aspiro a comprender un poco mejor los entresijos de esta sociedad pragmática y eficaz, que no deja de asombrarme. En particular, me fascina la facilidad que tienen para sacarse trabajos de la chistera. Trabajos que en España nos parecerían ridículos. Ellos los dignifican y les dan un empaque inusitado. Entre estas ocupaciones peculiares se cuentan las siguientes:

El “empaquetador“: dícese de la persona que, en la caja de los supermercados, mete todos y cada uno de los productos de tu compra en las bolsas de plástico (aquí no ha llegado la moda de las bolsas reutilizables, aunque tampoco te cobran por ellas). Te guste o no, tampoco te da tiempo a protestar que ya tienes toda tu compra pulcramente organizada y a punto para llevar.

Los “botones de baño” son una especie de mayordomos que te aprovisionan de papel de wc, cremas, perfumes, papel para secarte las manos e incluso tabaco o gominolas en los baños de los clubes de Las Vegas. En el caso de ellas, hace también las veces de cuidadora, incluso de consejera, y da conversación en las eternas colas que se forman en los restrooms femeninos.

El “saludador” suele ser la primera cara visible en determinados comercios o centros de ocio. Lo reconoceréis porque sonríe demasiado, suele ser parco en palabras y un tanto repetitivo. Su función es estrictamente esa, la de saludar, que para otros menesteres ya están los dependientes o los puntos de información.

Y, por último, uno de los puestos más útiles -sin tener a menos los anteriores- es el de “ordenador de colas” (véase en aeropuertos, en el remonte de la estación de esquí, en las seguridad social, etc.). El terror de los turistas foráneos más pícaros -en EEUU suelen ser bastante honestos y civilizados de por sí, así que el ordenador de colas tiene parte del trabajo hecho-.

La mayoría de estos trabajos probablemente no tendrían salida en España, y su modelo quizá no se pueda, o no se deba, importar. Pero tal vez no sea mala idea estudiar ciertas fórmulas para reducir el desempleo en España. Al fin y al cabo de parados andamos sobrados y de pícaros, también.

El lugar idóneo para gastar todo el dinero que tengas (y el que no también) es Las Vegas, una ciudad canalla, sin horarios y diseñada por y para el consumidor. La maquinaria del derroche está perfectamente engrasada y funciona con precisión, sirviéndose de tres engranajes principales: oferta non stop, un servicio complaciente en exceso y comodidad absoluta en el acceso al ocio.

A los que adolecemos de una volátil voluntad, nos resulta extremadamente complicado no caer rendidos a todo cuanto tiene que ofrecer esta urbe. Tiendas como Victoria’s Secret (ubicadas en el Caesars o Palazzo) abren hasta medianoche para el deleite de sus acólitos. Y no es la única. Si tus necesidades son más terrenales, te interesará saber que puedes hacer la compra a las tantas de la mañana en algunos supercenters como Wal-Mart (una especie de Carrefour engordado con clembuterol) que abre para ti 24/7. Un lujo al alcance de todos. Como también lo es poder saciar tu mono de cafeína con un tanque de Frapuccino de caramelo a cualquier hora del día. Cada casino dispone de innumerables restaurantes, bares y uno o dos clubes que, cual telaraña, envuelven la totalidad del espacio-tiempo. Hay fiestas y conciertos nocturnos y pool parties diurnas. Y así, las tentaciones se suceden, una tras otra, apabullándote.

Los americanos en general, y los veguenses en particular, son virtuosos en materia de captación de consumidores. Dominan los tempos y el show business y, aquí, el cliente definitivamente tiene siempre la razón, incluso cuando se equivoca. Un ejemplo bastante ilustrativo: En un restaurante cualquiera te pides una ensalada que resulta “no ser tu favorita” y te la acabas dejando entera, pues bien, ese plato desaparece de la cuenta por arte y gracia del camarero que, encima, se disculpa. ¿Habrán perdido 9 dólares? ¿O los habrán invertido en ganarse un cliente?

Como ves, su sagaz estrategia no es otra que poner todas las facilidades para que el consumidor no deje de gastar. ¿Por qué cobrar por un pedazo de suelo donde dejar el coche? Mejor construir parkings gargantuescos y gratuitos, que luego ya se dejarán todos sus ahorros en las salas de juego, en las tiendas o en las barras. Y la maniobra es efectiva: sueltas el dinero más a gusto pensando en lo que te has ahorrado en parking y bebidas ya que mientras estas sentado en una mesa de juego, el alcohol corre a cargo del casino (sólo te cuesta la propina a la camarera). Al final ya no sabes si bebes para seguir jugando o juegas para seguir bebiendo. En cualquier caso, si uno acaba demasiado perjudicado puede acudir al servicio de “autobuses” Hangover Heaven (El Cielo de la Resaca) que garantiza redimirte de las secuelas de los excesos etílicos en tan sólo 45 minutos y por un módico precio (desde 90 dólares). Música para los oídos de los más beodos. Pero que no te engañen, no lo hacen -exclusivamente- para liberarte de las terribles jaquecas, sino para que puedas seguir jugando, disfrutando, gastando. Las Vegas, cual perra del hortelano, ni duerme ni deja dormir.

¡Qué fácil es hacerme feliz! De verdad. Basta con que se acerque un desconocido y me pida que le estampe una tarta de nata en la cara. Día grande en Tonopah, se celebra el Community Carnival (fiesta, que no de disfraces) en el patriótico gimmasio del THS, en el mismo parqué donde las Lady Muckers machacan a sus rivales sin apenas despeinarse. Hoy no es día de baloncesto, pero no falta ni siquiera el entrenador Eddie Cobb -que, por cierto, se presenta a juez de paz, y es que es alucinante lo polifacéticos que son estos yankees-.  La cosa va de mini-juegos que ponen a prueba nuestra (poca) habilidad. Desde un Angry Birds versión peluche a tamaño real, hasta el tiro de bolsa de judías a la cabeza de la niña-diana, pasando por el típico minigolf (de un sólo hoyo, eso sí). Tampoco hay trofeo alguno en juego, sólo humildes recompensas en forma de chismes de dudosa utilidad, que acabarán olvidados en algún cajón sin importarnos cuánta ilusión nos hizo ganarlos. Esta vez, margino mi más arraigado materialismo, y me quedo con mi dulce momento. Espero no importunar con mi cometido a las mamás americanas que han preparado, con ese amor tan suyo, los sabrosos pasteles que terminarán en el rostro de nuestros altruistas vecinos. Pues de eso trata el juego “Pie in the face“, de lanzar un tartazo en la cara de aquéllos que más votos han recibido, o que más enemigos tengan en el pueblo. Todo sea por la causa, cualquiera que sea la suya. Hasta 25 dólares se han pagado para que cada uno de estos elegidos reciban su merecido. Para capitalistas, ellos. Y para cortés, mi futura víctima, que me ha señalado para endulzar un poco su rudo rostro. No me dejo intimidar por la falta de confianza con él, pues apenas hemos compartido unas palabras mientras intentaba hacer diana en sus patrióticos cuernos de ciervo en busca de mi regalo. Mi falta de acierto entonces será recompensado con esta nueva oportunidad. Inocente criatura, creo que me ha subestimado. Se ha dejado llevar por mi frágil apariencia. Quizá debí avisarle de la fuerza que mis dedos están cogiendo gracias a amasar pan. O decirle, tal vez, que a mala leche, pocos me ganan. Sea como sea, soy la elegida y debo estar a la altura. Me subo las mangas del jersey de rayas -sería muy desconsiderado por mi parte acabar peor que mi propia víctima-. Sus ojos me piden lo que sus palabras no dicen: ¡piedad! Lamentablemente, hoy no la va a encontrar. “Puede estar contento de que la vajilla sea de cartón” -pienso-. Y cuando me quiero dar cuenta, la nata ya está en su cara y yo sigo divirtiéndome restregándole el plato por ella, sin importarme que el juego haya ya terminado. Compruebo que sigue allí, atrapado en una capa de empalagosa nata, y busco su aprobación con la mirada. Se ríe, buena señal.

 

Tonopah es un sitio de paso construido, como tantos, alrededor de una carretera. Da cuenta de ello la plaga de moteles y gasolineras que hay. Está a medio camino de Las Vegas y Reno. 215 millas separan este pueblecito de la ciudad del pecado y sólo tres pueblos en el camino: Goldfield, Beatty e Indian Springs. Si vas dirección Reno, la situación no cambia demasiado: tienes Hawthorne, Schurz, Fallon, Femley y Sparks. No hay mucho más en Nevada. Por tanto, mejor llevarse bien con los pocos vecinos que hay. Aunque con algunos es mejor ni cruzarse.

Tenemos la maldita suerte de tener Goldfield a tan sólo 30 millas. Quizá el nombre os suene. En él se han grabado numerosas películas de miedo. Entre ellas, “Los fantansas de Goldfield” (2007). No la vi entonces y, sinceramente, no creo que sea sano verla ahora. El pueblo en cuestión está incluido en las rutas turísticas de ciudades fantasmas (Ghosttowns). Incluso hay un programa de televisión llamado Ghost Hunters que investigó el Goldfield Hotel en busca de actividades paranormales. Si es que lo que no pase en Estados Unidos, pasa en Nevada.

Ávidos de emociones fuertes y retados por el aburriemiento, seis imprudentes decidimos hacernos los valientes y entrar en el mencionado hotel. “All for fun” como dicen aquí. Cuando buscábamos un hueco por el que poder acceder al siniestro lugar, aparece un hombrecillo -de unos 20 y tantos muy al llevados- cruzando torpemente la carretera y nos dice: “los espíritus os robarán el alma“. A lo que las dos valientes respondimos con una retirada. No fue el miedo la razón de nuestro abandono sino el cariño que le tenemos a nuestra alma. Abrimos la veda. “Si no puedo salir del hotel solo –dijo otro del grupo-, no entro“. Y con su intervención animó al otro no-convencido a quedarse fuera. Al final, sólo dos desafiaron a los espíritus y al “fantasma”. Restándole importancia al delito y haciendo gala de una gran habilidad para trepar entraron al hotel acompañados por el guía americano. Esto es lo que nos contaron.

Dice la leyenda que el dueño del hotel, un burgés de Goldfield, había dejado embarazada a una prostituta, a la que tenía encerrada en una de las habitaciones. Allí, atados a un radiador, dejó morir a madre e hijo. Cuentan que en esa estancia aún había flores y algún que otro peluche…Todavía un poco incrédulos, los dos osados se desplazaban -palo en mano, eso sí- de un habitáculo a otro a ciegas, palpando las paredes. Ésta era una de las reglas del guía: No luces, no móviles. Dando bandazos llegaron a un salón con un piano de cola. Las notas llegaron hasta el coche donde estábamos los otros cuatro valientes. Sin más, se dirigieron al Lobby del hotel. Elvecino de Goldfield les invitó a pasar la mano por unos casilleros donde habían estado las llaves de las habitaciones. “Allí donde sintáis corriente, aire, es donde habitan los espirítus que van a robaros el alma” –les dijo. Lo cierto es que el americano se divirtió de lo lindo intentando asustar a los nuevos visitantes. Y en ocasiones lo logró. Como cuando visitaron la tercera planta. Allí, en la oscuridad, uno de los atrevidos chutó “algo” y sin mirar al suelo el americano adivinó que se trataba de una paloma muerta. No se equivocó. Dos horas duró la expedición fantasma por el Goldfield Hotel. Lo más aterrador, según ellos, fue el hombrecillo que se cruzó en su camino.

Si quieres ver cómo se divierten mis vecinos, pincha este link!

Me asomo a la ventana y veo el camión de los helados. Ha llegado el verano a Tonopah! Ahora sí, y no en enero, como creía mi vecino que va en chanclas cuando nieva. Su pedido, un arsenal de helados para sofocar el calor que, esta vez, le da la razón y no tarda ni un día en llegar. Alcanzando máximas de 27ºC mi mediterráneo cuerpo me pide agua. A falta de playa, buena es la piscina.

Huimos a Las Vegas en busca de pool parties y margaritas, y ésta nos recibe una bofetada de aire infernalmente caluroso. Son las 8:30 de la tarde y el termómetro marca 32ºC. Y yo que me resisto a abandonar el zapato cerrado y sigo llevando una chaquetita en el bolso por si refresca, pierdo la batalla contra el calor. Al menos en la calle. La gano en cambio dentro de los casinos, donde ponen el aire acondicionado en modo esquimal. Algo que parece no importar a mis “paisanas”. Y yo me pregunto: Si en febrero, al caer la noche, ya se sufre el exceso de exhibicionismo de tantos y tantas, que se empeñan en mostrar más carne que tela, ¿Cómo vestirán ahora? La respuesta no es en cueros, sino exactamente igual que entonces. La moda no entiende de estaciones en Las Vegas. Bañadores aparte, claro está.

Tras darte una vuelta por la cualquier piscina, entiendes que este verano prematuro a muchos les ha pillado en medio de la dichosa Operación Bikini. Sin embargo, es admirable como lucen sin complejos sus mejores trapitos -aquellos cuyas marcas se quedarán grabadas a fuego en sus generosas pieles hasta final del verano-.  Ajenos a todo y sin importarles el mañana, se surten de abundantes galones de dulzones cócteles y buckets de cervezas para combatir las altas temperaturas. Usando la misma receta con la que antes neutralizaban el frío, que tardará tantos meses en volver a aparecer. En Las Vegas, al menos. Tonopah es otra historia. Llamadme desconfiada, pero dudo que el frío tonopeño haya dicho ya su última palabra. Así que, de momento, la ropa de invierno se queda donde está, en un lugar privilegiado del armario. A mí, la nieve no me pilla en chanclas.

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