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Soy muy de mar, pese a haber vivido los últimos 12 años lejos de él (Madrid, 7 Tonopah, 4 y Johannesburgo, 1). Es tener el agua cerca y todo me parece más bonito; seguramente sea cosa mía.

Al pisar Cape Town por primera vez tuve la misma sensación que cuando aterricé en Oahu: “¿Por qué tengo que vivir en Nevada, pudiendo estar (y trabajar legalmente) en Hawaii? Al trasladarle esto mismo a mis entonces vecinos tonopeños me miraron con cara de “está chalada”. Y es que a los yankees en general no parece gustarles la idea de estar limitados por nada y el mar no es una excepción. Son más terrestres que marinos (al menos esa sensación me llevé), más de carretera y manta. De coger la RV y recorrerse su infinito país.

Llevaba una semana anunciando a bombo y platillo que, si todo iba bien, el jueves conocería, al fin, Cape Town tras casi un año viviendo “aquí mismo”. Mis conocidos, vecinos y amigos ya me avisaron: “No vas a querer volver”. No se equivocaban. No es solo por el mar. Qué lugar más mágico, histórico, versátil. Si no fuera por el viento.

Aquí 15 rinconcitos de esta mítica ciudad a la que espero volver pronto.

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Nos ha costado diez meses salir de la ciudad. Y nada más cogemos la autopista, casi nos sacan de ella: una enorme lona roja se despega de uno de los camiones que van delante y vuela por encima de nuestra luna sin llegar a impedirnos la visión, sin embargo nos distrae los suficiente como para no poder esquivar un palé de madera que también ha saltado y que aterriza delante nuestro. Le pasamos por encima y el coche da un salto que nos deja el corazón en un puño. Por suerte el susto no va a mayores. Pocos metros después un Audi volcado. Y nosotros preocupados por el tráfico, hay más peligro sobre el asfalto que en el township más conflictivo. Camiones y policías se disputan el dominio de la carretera. Gana la pobreza en estos 323 kilómetros. De Johannesburgo a Clarens en 10 fotos sin bajar del coche.

Adaptarse o morir, que diría Darwin. Pues ya estoy tardando en hacerme con un gorro de lana. El tiempo, en Jozi, está cambiando y yo, mediosudafricana tras seis meses aquí, saco el jersey del armario cuando la temperatura baja de 23 grados. Y no estoy sola en esto, ni soy la más exagerada. Y es que el mercurio roza los 20ºC y mis vecinos locales sacan el forro polar. Esta mañana, sin ir más lejos, los de seguridad del complejo donde vivo lucían plumón, gorro y ponían hasta cara de frío. Yo, acusada de friolera en muchas ocasiones, iba en mangas de camisa (de cuadros, por supuesto). Ahora bien, es salir el sol y te sobra hasta la camisa.

Podría acostumbrarme a este tiempo. Primavera todo el año durante el día (siempre y cuando haga sol) y frío en las noches otoñales e invernales. El sol luce casi todos los días del año por lo que se está mejor fuera que dentro de las casas, que son frías como pocas. Prefiero la época de lluvia (primavera-verano) a la seca (otoño-invierno) pero el hecho de que el sol brille más y más intensamente alegra a cualquiera. No tanto que a las 19:00 sea de noche prácticamente todo el año. Por ponerle una pega a este tiempo monótono. Nada extremo. En las antípodas de mi querida Tonopah. Pensé que echaría de menos el frío, que poco me conozco a estas alturas todavía. No extraño los -20C que sufrimos alguna noche, ni sus consecuencias: que se congelaran las tuberías, por ejemplo. Sí echo de menos la nieve. Saltar de la cama cual niña chica, correr a la ventana y, al asomarme, ver un manto blanco que todo lo cubre, embelleciendo cada rincón hasta el punto de convertirlo en el pueblo más bonito. Sacar la cámara y no parar de disparar, como si fuera la primera vez que veo la nieve. La misma ilusión. Me da que aquí, en Sudáfrica, no voy a tener demasiadas instantáneas de este tipo. Me comentan los lugareños que nevó (ligeramente) en Johannesburgo en 2011, lo cuentan como algo anecdótico por lo que no creo que nos toque vivirlo. Aunque si tengo mono de nieve siempre puedo acercarme a Drakensberg, por ejemplo, a unas 4-5 horas de casa en coche. 

De momento, he guardado las chanclas en el armario, más que nada por no desentonar con mis vecinos que ya calzan botas de invierno (forradas con pelo dentro en algunos casos). Y del bañador ni hablamos primero porque la playa ni la olemos desde aquí y segundo porque la piscina (abierta todo el año) estaba ya helada en verano por lo que no me quiero ni imaginar cómo estará ahora. Así que no esperéis foto de mis pies este año. Mi verano ya pasó, aunque este otoño primaveral no está nada mal tampoco.

  

¡Qué lejos queda ya el puente de mayo! Aquí en Sudáfrica fue uno de los fines de semana  más largos del año -si te lo montas bien-. Empezó el jueves y lo hizo a lo grande, con el festivo que conmemora el Día de la Libertad. El 27 de abril de 1994 se celebraron las primeras elecciones democráticas y con sufragio universal, en las cuales Nelson Mandela fue investido presidente del país. El Día del trabajador cerró este acueducto.

Cinco días que dan para mucho si te planificas bien. No es mi caso. Llego tarde, como de costumbre, para el destino estrella en estas fechas: Durban. Por “cercanía” (6h30 en coche desde Johannesburgo), por temperatura (más suave que Cape Town en esta época del año) y por lugares como Umhlanga y Ballito (Dolphin coast). Precios prohibitivos que poco importan porque hay una ocupación del 100%. No, no me consuela el hecho de que sea uno de los peores fines de semana para viajar, por el tráfico, las aglomeraciones y los desorbitados precios. Mis ganas de salitre y brisa marina, frustradas. En un intento desesperado por huir de la ciudad, cambio de escenario: Drakensberg (montaña) es mi nueva obsesión. Sin embargo, corro la misma suerte. Desisto y descarto, con pena, la idea de escaparme de Joburg.

“¡En casa tampoco se está nada mal!”, me consuelo. Y, tampoco hace falta irse muy lejos para pisar un pedacito de paraíso en este país. Un rincón de estos es el Walter Sisulu Botanical Garden. Un remanso de paz a escasos 40 minutos en coche del bullicio de Sandton con una preciosa cascada que quita protagonismo a plantas y flores de lo más exóticas, de colores vistosos, formas singulares y aromas que embriagan. Muy cuidado y familiar, un lugar para perderte sin prisas. Poco tiene que ver con el botánico al que solemos ir de picnic, en Emmarentia Dam, inabarcable parque cuyo lago, a pesar de no tener una playa como tal, hace las delicias de los amantes del Kayak, así como de los canes y patos.

Planes sin salir de Joburg

El domingo es, indiscutiblemente, día de mercadillo. Y como aquí cierran todo tan pronto (sobre las 15:00-16:00), llegas a tiempo de tragarte la peli mala y echarte una siesta. Uno de mis favoritos por su variedad y dimensión es el de Rosebank, ubicado en la azotea del típico centro comercial con las mismas tiendas aburridas de siempre y de todas partes. Sin embargo, un día a la semana los artistas dan vida a este gris espacio con sus coloridos lienzos y la viveza de sus telas. Todo luce. Quesos y helados artesanales, mucha máscara y figuras talladas en madera y hasta una pareja bailando claqué que ameniza la visita. Arte -y del bueno- para todos los gustos y bolsillos desde muy poco, tanto que incluso regatear le hace sentir a uno un poco miserable. Más cool pero también  más caro es el Arts On Main, un mercadillo ubicado en el corazón de Johannesburgo (en el barrio de Maboneng), con toda la esencia de la ciudad, que alberga distinguidas galerías de arte y puestos de comida muy decentes.

Naturaleza y compras no están reñidos. Son muchos los mercadillos que cambian el asfalto de la ciudad por sus parques y jardines. Dos ejemplos: el de River Club y el de Fourways. Con cierto aire de mercadillo, en Amatuli sirven cafés y deliciosas muffins a la vez hacen gala de su artesanía expuesta en la galería.

Para comer bien, los sábados el Neighbourgoods Market es la mejor opción. Quizá no sea el lugar más tranquilo, suele estar abarrotado y cuesta encontrar un hueco en las largas mesas de madera, por lo que puede llegar a ser un poco agobiante. Sin embargo la comida es deliciosa y dispone de una terraza en la que suelen haber música en directo. Mi puesto favorito es Sumting Good, donde sirven las más golosas strips de pollo rebozado con parmesano rayado que he probado aquí.

Planes cerca de Joburg

En Johannesburgo no hay playa, de hecho está tan lejos como Los Angeles de Tonopah (unas 6 horas en coche). Por lo que, como ya hicimos en USA, aquí también tiramos de lagos. Hartbeespoort es un buen destino cuando tienes mono de agua. Sin llegar a ser tan espectacular como Lake Tahoe, la vista desde el teleférico y su presa de principios del siglo XX le dan un valor añadido a este pueblecito plagado de campos de golf y cuyos accesos al lago son mayoritariamente privados.

El próximo puente en Sudáfrica es el 16 junio: el Día de la Juventud (antes conocido como el Día de Soweto). Se conmemoran las protestas estudiantiles de 1975 en las que 20.000 alumnos de Soweto salieron a las calles a protestar por el sistema educativo, una de las medidas por las cuales se manifestaban era por la introducción del Afrikaans (idioma usado por los blancos) como medio de instrucción en las escuelas locales.