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Hay héroes y SUPERHÉROES. Los que me encontré ayer por las calles de Parkmore eran bravos, nobles y tiernos como el algodón de azúcar. También había hadas y duendes. Alguna “brujilla”, mucho esqueleto y algún que otro zombie. Incluso un monje tibetano repitiendo helados de fresa. Sí, mamá, aquí también se celebra Halloween. Con sus calabazas, las arañas y sus telas y el famoso “Truco o trato”.  No llaman al timbre de las casas en busca de caramelos, lo cual puede resultar muy conveniente para no molestar a los vecinos que reniegan de esta fiesta yankee. En lugar de eso, ponen pequeñas “paraditas” a pie de calle y ofrecen, con amplias sonrisas, golosinas a los más pequeños y a sus fieles acompañantes. Un Halloween diferente en un país que no esperaba que lo celebrase. Otro año sin panellets. Papá, prepara el Suchard.

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Plan dulce de sábado. Con madrugón pero sin prisas, salimos dirección norte, callejeamos más de la cuenta para no perder la costumbre (un día tendremos un susto cortesía de Google Maps). Creo que vamos tarde, es posible que ya no queden fresas. Aquí la gente salta de la cama en cuanto amanece. Y eso sucede sobre las 6:30. Por eso, sitios como éste, la Granja de fresas de Tangaroa, abren a las 7:30.  Y, lo peor, es que ya hay “domingueros” haciendo cola para entrar. No es nuestro caso: nos podemos quedar sin fresas pero llegar a los sitios antes de que abran no va con nosotros. Y hacerlo antes de las 10 de la mañana me parece hasta de mal gusto. Especialmente el fin de semana.

Este es mi resumen, en fotos, de una jornada en el campo.

Tengo vuestro nostálgico otoño. Razón: aquí.

¡Devolvedme la primavera! Que ni siquiera la hemos olido. Finiquitada la época seca, llega la estación de las flores que viene, como no, cargadita de diluvios, de fríos días grises. El verde se impone en sus calles y  los árboles lucen espléndidos, como pintados por el mejor artista. Días cambiantes, inciertos. Amanece soleado y, tímido, se esconde para ceder protagonimo a los nubarrones que descargan sin piedad. La tormenta está lejos de terminar pero, en algún momento, volverá a brillar el sol.

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Soy muy de mar, pese a haber vivido los últimos 12 años lejos de él (Madrid, 7 Tonopah, 4 y Johannesburgo, 1). Es tener el agua cerca y todo me parece más bonito; seguramente sea cosa mía.

Al pisar Cape Town por primera vez tuve la misma sensación que cuando aterricé en Oahu: “¿Por qué tengo que vivir en Nevada, pudiendo estar (y trabajar legalmente) en Hawaii? Al trasladarle esto mismo a mis entonces vecinos tonopeños me miraron con cara de “está chalada”. Y es que a los yankees en general no parece gustarles la idea de estar limitados por nada y el mar no es una excepción. Son más terrestres que marinos (al menos esa sensación me llevé), más de carretera y manta. De coger la RV y recorrerse su infinito país.

Llevaba una semana anunciando a bombo y platillo que, si todo iba bien, el jueves conocería, al fin, Cape Town tras casi un año viviendo “aquí mismo”. Mis conocidos, vecinos y amigos ya me avisaron: “No vas a querer volver”. No se equivocaban. No es solo por el mar. Qué lugar más mágico, histórico, versátil. Si no fuera por el viento.

Aquí 15 rinconcitos de esta mítica ciudad a la que espero volver pronto.

6 a.m. y ya en pie y pertrechada para el viaje. Nervios, sueño y un largo día por delante. Tampoco es un madrugón -nuestro particular despertador (Nil) suena antes de las 7-. Sin embargo, hoy hay un extra de motivación. Mi destino, Ciudad del Cabo, no podía llegar en mejor momento. Y no solo por la compañía si no porque justo esta semana he empezado a saborear el libro Of warriors, lovers and prophets, de Max du Preez, y uno de los primeros capítulos precisamente cuenta la historia de los primeros europeos en pisar el Cabo de Buena Esperanza (Cape of Good Hope o Cabo da Boa Esperanza). Lectura muy recomendable para aprender un pedacito de historia de este país. Y recomendada por Mophete -un crack oriundo de Soweto que trabaja como periodista para un medio japonés y es, además, guía turístico en sus ratos libres-.

Tras callejear persiguiendo al Toyota Corolla (Uber) -que esquivaba el tráfico y casi a nosotros también- llegamos al Aeropuerto (Internacional) de Lanseria. Ya nos había dicho Marta que se trataba de un aeropuerto de juguete. Y no se equivocaba. Moderno, en obras (por supuesto), muy cómodo y manejable. Sin fingers. Dos horas después ya estábamos en destino. Y las vistas aéreas, quitan el hipo.

Esto es de Johannesburgo a Cape Town en 14 fotos sin bajar del coche (ni del avión). Cheers!

Sí, somos unos domingueros en toda regla. Vestimos vaqueros y llevamos calzado para patear la ciudad para hacer hiking, senderismo de toda la vida (no nos atrevemos con el trekking, por ahora). Pero le ponemos ganas. Nada más empezar nuestro paseo de 3 horas un toro salvaje se ofrece a hacernos de guía, oferta que rechazamos por sus compañías: un grupo de tres críos descalzos y con palos que auguran tormenta. Seguimos sin ellos. Esto es Clarens en 8 fotos.

Con algo más de agujetas y cierta nostalgia, visitamos -sin bajarnos del coche, esta vez- el Golden Gate National Park, cuyas magníficas formaciones rocosas evocan de forma muy poderosa la geomorfología del Gran Cañón y del Monument Valley norteamericanos. Y ya de vuelta a la ciudad elucubramos infantiles teorías acerca de porqué un vaso de leche en este municipio del Free State cuesta R12,99 (0,90c de €) y uno de agua R15 (1€): hay muchas más vacas que ríos por esta zona-. Cheers!

Nos ha costado diez meses salir de la ciudad. Y nada más cogemos la autopista, casi nos sacan de ella: una enorme lona roja se despega de uno de los camiones que van delante y vuela por encima de nuestra luna sin llegar a impedirnos la visión, sin embargo nos distrae los suficiente como para no poder esquivar un palé de madera que también ha saltado y que aterriza delante nuestro. Le pasamos por encima y el coche da un salto que nos deja el corazón en un puño. Por suerte el susto no va a mayores. Pocos metros después un Audi volcado. Y nosotros preocupados por el tráfico, hay más peligro sobre el asfalto que en el township más conflictivo. Camiones y policías se disputan el dominio de la carretera. Gana la pobreza en estos 323 kilómetros. De Johannesburgo a Clarens en 10 fotos sin bajar del coche.