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Soy muy de mar, pese a haber vivido los últimos 12 años lejos de él (Madrid, 7 Tonopah, 4 y Johannesburgo, 1). Es tener el agua cerca y todo me parece más bonito; seguramente sea cosa mía.

Al pisar Cape Town por primera vez tuve la misma sensación que cuando aterricé en Oahu: “¿Por qué tengo que vivir en Nevada, pudiendo estar (y trabajar legalmente) en Hawaii? Al trasladarle esto mismo a mis entonces vecinos tonopeños me miraron con cara de “está chalada”. Y es que a los yankees en general no parece gustarles la idea de estar limitados por nada y el mar no es una excepción. Son más terrestres que marinos (al menos esa sensación me llevé), más de carretera y manta. De coger la RV y recorrerse su infinito país.

Llevaba una semana anunciando a bombo y platillo que, si todo iba bien, el jueves conocería, al fin, Cape Town tras casi un año viviendo “aquí mismo”. Mis conocidos, vecinos y amigos ya me avisaron: “No vas a querer volver”. No se equivocaban. No es solo por el mar. Qué lugar más mágico, histórico, versátil. Si no fuera por el viento.

Aquí 15 rinconcitos de esta mítica ciudad a la que espero volver pronto.

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6 a.m. y ya en pie y pertrechada para el viaje. Nervios, sueño y un largo día por delante. Tampoco es un madrugón -nuestro particular despertador (Nil) suena antes de las 7-. Sin embargo, hoy hay un extra de motivación. Mi destino, Ciudad del Cabo, no podía llegar en mejor momento. Y no solo por la compañía si no porque justo esta semana he empezado a saborear el libro Of warriors, lovers and prophets, de Max du Preez, y uno de los primeros capítulos precisamente cuenta la historia de los primeros europeos en pisar el Cabo de Buena Esperanza (Cape of Good Hope o Cabo da Boa Esperanza). Lectura muy recomendable para aprender un pedacito de historia de este país. Y recomendada por Mophete -un crack oriundo de Soweto que trabaja como periodista para un medio japonés y es, además, guía turístico en sus ratos libres-.

Tras callejear persiguiendo al Toyota Corolla (Uber) -que esquivaba el tráfico y casi a nosotros también- llegamos al Aeropuerto (Internacional) de Lanseria. Ya nos había dicho Marta que se trataba de un aeropuerto de juguete. Y no se equivocaba. Moderno, en obras (por supuesto), muy cómodo y manejable. Sin fingers. Dos horas después ya estábamos en destino. Y las vistas aéreas, quitan el hipo.

Esto es de Johannesburgo a Cape Town en 14 fotos sin bajar del coche (ni del avión). Cheers!

Sí, somos unos domingueros en toda regla. Vestimos vaqueros y llevamos calzado para patear la ciudad para hacer hiking, senderismo de toda la vida (no nos atrevemos con el trekking, por ahora). Pero le ponemos ganas. Nada más empezar nuestro paseo de 3 horas un toro salvaje se ofrece a hacernos de guía, oferta que rechazamos por sus compañías: un grupo de tres críos descalzos y con palos que auguran tormenta. Seguimos sin ellos. Esto es Clarens en 8 fotos.

Con algo más de agujetas y cierta nostalgia, visitamos -sin bajarnos del coche, esta vez- el Golden Gate National Park, cuyas magníficas formaciones rocosas evocan de forma muy poderosa la geomorfología del Gran Cañón y del Monument Valley norteamericanos. Y ya de vuelta a la ciudad elucubramos infantiles teorías acerca de porqué un vaso de leche en este municipio del Free State cuesta R12,99 (0,90c de €) y uno de agua R15 (1€): hay muchas más vacas que ríos por esta zona-. Cheers!

Nos ha costado diez meses salir de la ciudad. Y nada más cogemos la autopista, casi nos sacan de ella: una enorme lona roja se despega de uno de los camiones que van delante y vuela por encima de nuestra luna sin llegar a impedirnos la visión, sin embargo nos distrae los suficiente como para no poder esquivar un palé de madera que también ha saltado y que aterriza delante nuestro. Le pasamos por encima y el coche da un salto que nos deja el corazón en un puño. Por suerte el susto no va a mayores. Pocos metros después un Audi volcado. Y nosotros preocupados por el tráfico, hay más peligro sobre el asfalto que en el township más conflictivo. Camiones y policías se disputan el dominio de la carretera. Gana la pobreza en estos 323 kilómetros. De Johannesburgo a Clarens en 10 fotos sin bajar del coche.

Siempre me ha dado mucha pereza el apelativo “bloguera”. No me identifico como tal pese a que, de vez en cuando, escribo. Empecé el blog en Tonopah como vía de escape, de supervivencia si quieres. Ni siquiera se me ocurrió a mí la idea.

Pero lo cierto es que escribir me ayuda. Releer me ayuda. A mí y a mi torpe memoria. Me sirve de mecha para encender y revivir momentos mágicos, duros, especiales. Me ha dado alas y me ha quitado el sueño también. Lo he necesitado, lo he abandonado y retomado. Hay entradas que se escriben de una tirada, que apenas revisas y publicas immediatamente, sin más dilación. Que escribes con el corazón o cuando algo te lo ha tocado. Siento que soy más sincera, más real aquí que en las redes sociales que te empujan a mostrar lo feliz que eres.  No, no todo es bueno. Ni siempre tengo días felices. Hay días que no tengo ganas de escribir, que no me salen las palabras. Otros que me salen y prefiero guardarlas bajo llave. Solo para mí.  Éste fue uno de esos días. Lo escribí hace demasiado (el 17 de mayo de 2013, concretamente) y se quedó allí olvidado en el cajón desastre de los borradores, como tantos. Hasta hoy.

“No siempre me cruzo con el Sheriff de mi Condado, me sacan a bailar cowboys o recibo un regalito en la PO BOX. Cualquiera de estas cosas, me puede alegrar el día. Hoy no ha pasado nada (ni bueno ni malo). No le quiero dar más importancia porque no la tiene. Sólo es un día más que pasará. Un día que no me inspira. Hoy no es uno de esos días pero también cuenta. Unas veces tan arriba que no alcanzo ver el suelo, otros tan cerquita de él. No pasa nada (mamá, papá) y pasa todo: os echo de menos, solo eso.”

¡Qué lejos queda ya el puente de mayo! Aquí en Sudáfrica fue uno de los fines de semana  más largos del año -si te lo montas bien-. Empezó el jueves y lo hizo a lo grande, con el festivo que conmemora el Día de la Libertad. El 27 de abril de 1994 se celebraron las primeras elecciones democráticas y con sufragio universal, en las cuales Nelson Mandela fue investido presidente del país. El Día del trabajador cerró este acueducto.

Cinco días que dan para mucho si te planificas bien. No es mi caso. Llego tarde, como de costumbre, para el destino estrella en estas fechas: Durban. Por “cercanía” (6h30 en coche desde Johannesburgo), por temperatura (más suave que Cape Town en esta época del año) y por lugares como Umhlanga y Ballito (Dolphin coast). Precios prohibitivos que poco importan porque hay una ocupación del 100%. No, no me consuela el hecho de que sea uno de los peores fines de semana para viajar, por el tráfico, las aglomeraciones y los desorbitados precios. Mis ganas de salitre y brisa marina, frustradas. En un intento desesperado por huir de la ciudad, cambio de escenario: Drakensberg (montaña) es mi nueva obsesión. Sin embargo, corro la misma suerte. Desisto y descarto, con pena, la idea de escaparme de Joburg.

“¡En casa tampoco se está nada mal!”, me consuelo. Y, tampoco hace falta irse muy lejos para pisar un pedacito de paraíso en este país. Un rincón de estos es el Walter Sisulu Botanical Garden. Un remanso de paz a escasos 40 minutos en coche del bullicio de Sandton con una preciosa cascada que quita protagonismo a plantas y flores de lo más exóticas, de colores vistosos, formas singulares y aromas que embriagan. Muy cuidado y familiar, un lugar para perderte sin prisas. Poco tiene que ver con el botánico al que solemos ir de picnic, en Emmarentia Dam, inabarcable parque cuyo lago, a pesar de no tener una playa como tal, hace las delicias de los amantes del Kayak, así como de los canes y patos.

Planes sin salir de Joburg

El domingo es, indiscutiblemente, día de mercadillo. Y como aquí cierran todo tan pronto (sobre las 15:00-16:00), llegas a tiempo de tragarte la peli mala y echarte una siesta. Uno de mis favoritos por su variedad y dimensión es el de Rosebank, ubicado en la azotea del típico centro comercial con las mismas tiendas aburridas de siempre y de todas partes. Sin embargo, un día a la semana los artistas dan vida a este gris espacio con sus coloridos lienzos y la viveza de sus telas. Todo luce. Quesos y helados artesanales, mucha máscara y figuras talladas en madera y hasta una pareja bailando claqué que ameniza la visita. Arte -y del bueno- para todos los gustos y bolsillos desde muy poco, tanto que incluso regatear le hace sentir a uno un poco miserable. Más cool pero también  más caro es el Arts On Main, un mercadillo ubicado en el corazón de Johannesburgo (en el barrio de Maboneng), con toda la esencia de la ciudad, que alberga distinguidas galerías de arte y puestos de comida muy decentes.

Naturaleza y compras no están reñidos. Son muchos los mercadillos que cambian el asfalto de la ciudad por sus parques y jardines. Dos ejemplos: el de River Club y el de Fourways. Con cierto aire de mercadillo, en Amatuli sirven cafés y deliciosas muffins a la vez hacen gala de su artesanía expuesta en la galería.

Para comer bien, los sábados el Neighbourgoods Market es la mejor opción. Quizá no sea el lugar más tranquilo, suele estar abarrotado y cuesta encontrar un hueco en las largas mesas de madera, por lo que puede llegar a ser un poco agobiante. Sin embargo la comida es deliciosa y dispone de una terraza en la que suelen haber música en directo. Mi puesto favorito es Sumting Good, donde sirven las más golosas strips de pollo rebozado con parmesano rayado que he probado aquí.

Planes cerca de Joburg

En Johannesburgo no hay playa, de hecho está tan lejos como Los Angeles de Tonopah (unas 6 horas en coche). Por lo que, como ya hicimos en USA, aquí también tiramos de lagos. Hartbeespoort es un buen destino cuando tienes mono de agua. Sin llegar a ser tan espectacular como Lake Tahoe, la vista desde el teleférico y su presa de principios del siglo XX le dan un valor añadido a este pueblecito plagado de campos de golf y cuyos accesos al lago son mayoritariamente privados.

El próximo puente en Sudáfrica es el 16 junio: el Día de la Juventud (antes conocido como el Día de Soweto). Se conmemoran las protestas estudiantiles de 1975 en las que 20.000 alumnos de Soweto salieron a las calles a protestar por el sistema educativo, una de las medidas por las cuales se manifestaban era por la introducción del Afrikaans (idioma usado por los blancos) como medio de instrucción en las escuelas locales.

 

 

 

 

Llueve sin descanso. Y eso se traduce, como en la mayoría de ciudades del mundo, en caos. El ruido de las sirenas no da tregua y hoy ha hecho las veces de despertador, eclipsando su detestable alarma. No eran ni las 6:30 de la mañana, pero aquí eso no es ni pronto. Abro Twitter y voilá: accidente en William Nicol Dr con Mattie Ave. La cuenta de @DriveGp, que informa del tráfico, no da abasto esta mañana. Y es que si en un día de sol cualquiera, los accidentes se cuentan por centenas, tras una semana de fuertes lluvias (gentileza del ciclón Dineo que ha golpeado recientemente Mozambique y algunas zonas de Sudáfrica), el dato puede ser demoledor.

En poco más de dos meses he visto seis coches volcados en el arcén, la mitad de ellos siniestros total. Y eso que el trayecto más largo que hago es de 6 minutos (unos 3 km, 1,8 millas para los yankees) y no cojo el coche todos los días. Por eso no me sorprendió el alarmante dato que se publicó en Navidad: del 1 al 19 de diciembre se produjeron 684 accidentes fatales en las carreteras sudafricanas. Una tercera parte de estos con peatones involucrados. Tampoco me resulta raro debido a las pocas facilidades que les ponen. No empezó mejor el 2017. El 1 de febrero se registraron 110 heridos en las carreteras del país en tan solo 4 horas.

En general, os conductores sudafricanos (al menos con los que me he cruzado hasta ahora), son mucho más educados al volante que mis paisanos y que yo misma. USA me serenó al volante y España saca lo peor de mí: haciendo siempre malabares entre dejar distancia de seguridad y que no se me cuele medio país en una incorporación de una carretera cualquiera. Aquí la historia es otra. Hoy, sin ir más lejos, un taxi comunitario, alias los fitipaldis se ha averiado (también tendrán derecho) obstaculizando el tráfico en el sentido de la marcha por el que yo circulaba. Me asombro cuando llego a la altura del vehículo parado: había una cola de unos 20 coches en cada sentido y cada uno guardaba respetuosamente su turno, sin colarse, sin hacer sonar en cláxon, sin prisas y dejando más distancia de seguridad de lo requerido para facilitar la marcha. Quizá os resulte pedante pero en Sandton, al menos, también se suelen hacer los cedas y las rotondas como marca el reglamento e incluso usan los intermitentes.

Sin embargo, siempre hay una excepción, yo los llamo los “fitipaldis”: dícese de los conductores de los vehículos comunitarios, exentos de cumplir las reglas de tráfico o al menos eso creen ellos. Y son, por tanto, los principales accidentados y culpables de muchos incidentes. No hay paradas, ellos se detienen donde y cuando quieren. Adelantamientos por la acera o circular por el carril contrario para evitar atascos son infracciones habituales no penables para ellos. Y, claro, luego vuelcan. Y se masca la tragedia porque el cinturón de seguridad no se estila, o no hay o no da para los hasta cuatro pasajeros que se apretujan en cada hilera de asientos, más estrechas que las de un Fiat Uno. Y aún así hay que darles las gracias porque de no existir éstos, el tráfico sería todavía peor en hora punta. Pero no están solos en este cometido: Uber, taxis y autobuses también contribuyen a desatarcar las congestionadas vías de la ciudad.

Pro-Uber

El revuelo levantado cuando Uber tomó la capital española es un juego de niños comparado con el percal que se montó cuando aterrizaron en Jo’burg. A pedrada limpia, no digo más. Me cuentan que el tema se ha enfriado un poco. Que me perdone el sector del taxi pero me confieso fan de dicha aplicación para moverse por Jozi. Aquí mis motivos. No voy a entrar en detalles escabrosos ni a contribuir, más todavía, a crear alarma, pero me han contado historias en primera persona de “aventuras” a bordo de un taxi de las que no quiero ser protagonista. La alternativa para evitar riesgos innecesarios y costosas tarifas es el Uber. En Jo’burg funciona a la perfección, es rápido, cómodo y baratísimo. Para que os hagáis una idea, un trayecto de 4 km en un Uber regular suele costar entre 2 y 3 euros (un precio en el mismo orden de magnitud que el de un billete sencillo de autobús en Barcelona).  Aquí, al menos, hay tres tipos de servicio según el tipo de vehículo que desees: el UberX que suelen ser coches tipo Toyotas, Hyundais, más modestos y, por tanto, más baratos; el UberBLACK que es la versión de luxe (BMW, Audis o siminar) y suele costar el doble y los todoterrenos UberSUV, que serían los más costosos. Además de ser un medio de transporte hasta 4 veces más económico que el taxi de toda la vida, aquí es, aparentemente, más seguro. Me explico. Cada conductor y cada cliente debe estar registrado (con datos reales, ID, etc) en la app y tras el servicio puntuarse mutuamente. Muy conveniente también es el hecho de que los pagos se realizan a través de la app por lo que no es necesario llevar cash encima. Así que por ahora cambiamos de coche a diario y no nos planteamos comprar un segundo vehículo.