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Llevo días, que digo días, semanas, intentando terminar esta entrada. Ardua tarea la de sintetizar en pocas líneas tantas vivencias, tanto sentir. No consigo reunir el coraje para cerrar este capítulo. Tampoco me parece justo no hacerlo, así que ¡ahí va!

Tonopah me ha cambiado. Mucho. Me ha curtido, sacudido, conmovido. No soy la misma, ni mejor ni peor, distinta. Mi visión de muchas cosas también ha cambiado. De la soledad, por ejemplo, tras tres años y medio allí no solo me he acostumbrado a ella si no que he aprendido a disfrutarla. Y con esto no quiero decir que allí estuviera sola, he tenido la suerte de conocer a personas increíbles, las cuales espero que sigan formando parte de mi vida siempre (aunque, por desgracia, no pueda verlas todos los días ahora). Sin embargo, hay muchos momentos en los que tú eres todo lo que tienes y hay que salir a flote incluso en los días más grises.

Estos más de 40 meses han dado para ratillos duros, críticos incluso (soy un tanto dramática cuando me pongo). Y es que la soledad del primer momento y la distancia no son buenas compañeras de viaje. Alejarte tanto de lo conocido, salir de tu zona de confort y que sea durante tanto tiempo da mucho vértigo al principio. Empezar de cero no es sencillo, pero es muy gratificante, y una experiencia muy recomendable. Yo, sin dudarlo, repetiría.

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Poco me imaginaba, allá por enero de 2012, que encontraría mi lugar en aquel pedacito de desierto. Que vibraría cada fin de semana con el equipo local, los Muckers, y que lloraría cuando uno de sus entrenadores Harvey (Javier) nos dejaba por un maldito cáncer, poco después de llevar a su equipo de volleyball al Campeonato Estatal.

Mucho ha nevado desde que aterricé en la capital del Nye County cargada de dudas y de camisas de cuadros. Recuerdo como si fuera ayer el día que pisé por primera vez el Tonopah Times-Bonanza. Vestida para agradar y con cierto temor al rechazo. ¡Qué equivocada estaba! No solo encontré un trabajo hecho a mi medida que me permitió ganarme el cariño de mis vecinos, encontré una familia. Mis confidentes, mis maestros, mis referentes.

Y más que trabajo fue un regalo. No soy una “morning person”, sin embargo debo confesar que esperaba con anhelo que llegaran los jueves, y no solo para ver en papel los artículos que escribía (que también). ¡Qué bien sabía el hot chocolate de las 6 de la mañana mientras preparábamos los envíos de las suscripciones del Tonopah Times y repartíamos los diarios por los comercios locales! Qué poco me importaba el madrugón. Y qué bien entraban los “ligeros” desayunos gentileza de Burger King, Subway o Kozy Corner, un imprescindible para coger fuerzas y afrontar las visitas de los vecinos que venían al periódico en busca de su ejemplar y de un poco conversación.

Lo bueno no había hecho más que empezar. Llegaba el viernes y con él, el deporte local, sección en la que debuté como reportera dicho sea de paso. Concretamente, en baloncesto femenino, ¡qué más se puede pedir! La primera vez que entrevisté a un entrenador, Coach Eddie Cobb, me temblaban hasta las piernas. Fue paciente y comprensivo, como el resto de técnicos y jugadores que fueron víctimas de mi grabadora (sin excepción). Cada historia que contaba me unía aún más a esta pequeña gran comunidad.

Allí conocí el sentido de periodismo cercano hecho por y para el pueblo. Sin formalidades ni formalismos incluso cuando recibimos la visita de un congresista, Crescent Hardy, que llegó conduciendo él mismo un Ford (como era de esperar) y acompañado únicamente por su directora de comunicación y un asesor. Campechano y cercano.

Carretera y manta (On the road)

Las 80.000 millas que tiene nuestro atrotinado Ford Focus atestiguan que han sido tres años moviditos. Y es que tener Los Angeles a 6 horitas de coche, San Diego a 7h, San Francisco a 8h es un verdadero lujo que hay que exprimir al máximo, y un peligro también. Es increíble lo rápido que te haces a las largas distancias en este inmenso país (distancias que ya consideramos medianas o incluso cortas). Pero no hace falta irse “lejos” para disfrutar de rincones de ensueño: Mammoth (CA) y Lake Tahoe (CA) están a un suspiro de casa y Las Vegas, a un paseíto.

Chicago, Nueva York, Washington, Baltimore, Portland, Seattle, Salt Lake City, HAWAII, Gran Cañón, Yosemite, Death Valley y Muse, Imagine Dragons, The Offspring, The Postal Service, David Copperfield, Calvin Harris, Aviccii, David Guetta, Cirque Du Soleil, Lakers vs Clippers, San Diego Chargers vs Denver Broncos, etc. Son solo algunos de los lugares, artistas y espectáculos que han pasado a engordar nuestra lista de vivencias inolvidables. Y es que este país tiene tanto que ofrecer que no te lo acabas ni queriendo. Demasiado que procesar en aquel momento, ahora lamento no haber podido saborearlo más lentamente.

De todo lo que me ha dado este país me quedo con su gente sin dudarlo. Parlanchines, amables, complacientes, tan patrióticos ellos. Exageradamente polite a veces, tanto que te cambia los esquemas y cuando vuelves llega a mosquearte, por ejemplo, que tu vecino con el compartes escalera desde hace 15 años no sepa ni tu nombre o que un dependiente prefiera seguir plegando camisas a dedicarte un saludo en una tienda. Está claro que carburan distinto en el otro lado del charco.

Lejos ya del vasto desierto de Nevada, afincada en Madrid, y a la espera de una nueva aventura que me permita seguir creciendo y conocer rincones del mundo tan especiales como éste al que decimos hasta pronto. Pero no sin antes darle las gracias. Por todo lo que me has dado, que es mucho más de lo que nunca imaginé, ty (thank you) Tonopah, we had the time of our lives!


Cultura LAS 

Tres pinceladas de la historia de Nevada en tres rincones de Las Vegas:

Cementerio de Neones: Conocer la historia de Las Vegas a través de sus neones. Éste es, sin duda, uno de los lugares más cool de la ciudad del pecado. Durante una hora y media, entusiastas guías te transportan a Las Vegas de mitad del siglo pasado repasando a través de los luminosos las peripecias de esta peculiar ciudad. Muy recomendable.

Atomic Testing Museum: Entre el período comprendido entre 1951 y 1992 se realizaron 928 pruebas nucleares en Nevada Test Site.  Si te interesa todo lo que tiene que ver con la Guerra Fría y la era atómica, no puedes perdértelo. Este museo ha dedicado una de sus salas a la polémica Área 51, un espacio mucho más distendido donde podrás probarte unas gafas con visión alienígena y escuchar testimonios de aquellos que han vivido experiencias extraterrestres, entre otras cosas.

The MOB Museum Siempre hay que dejar algo pendiente para ver en una ciudad y así tienes excusa para volver, ésta puede ser una de ellas.

 

Para ir abriendo boca, un lugar auténtico donde los haya: el Peppermill, si seguís a Mario & Alaska (MTV) probablemente os suene. Se trata de un original restaurante ambientado en una pista de baile de los años 40 con lo mejor de la comida americana. Ración XL de colesterol en vena. Muy recomendable.

Si os decantáis por algo más ligero como la comida japonesa, anotad estos dos sitios: el Sushi Fever (tentaciones exquisitas y a buen precio como el love me tender) y el Dragon Noddle del lujoso Monte Carlo, donde se pueden saborear rolls, sahimis y nigiris de lo mejorcito; aunque eso sí, tendréis que aflojar un poco más de guita, pues los sirven a precio de oro (pedir sitio en el sushi bar). Siguiendo con la gastronomía asiática, otra opción buena y relativamente barata es un tailandés llamado Krung Siam, imprescindible probar los chicken saten como entrante así como el típico pad thai. Mi última recomendación en cuanto a comida oriental es el P.F Chang, una cadena de restaurantes chinos pero de buena calidad. Son deliciosos sus dumplings, noddles o el tuna tataki. Si sois de los que siempre reservan un huequecito para el postre, podéis pedir The Great Wall Of Chocolate, disponible también en versión mini servido en vasos de chupito.

Si lleváis muchos días fuera de casa o simplemente echáis de menos la comida de casa (española) y vuestro bolsillo todavía no se ha resentido de los excesos de Las Vegas, podéis parar en el Tapas de Julian Serrano, ubicado en el lujoso Aria Casino & Resort. Allí, el prestigioso chef español que da nombre al restaurante ofrece muestras de nuestra gastronomía. Si acabáis de aterrizar de la península pensareis que las raciones son escasas y que el bar de enfrente sirve tapas parecidas, cierto. Aun así, la experiencia vale la pena, y más para los que llevamos un tiempo lejos de casa. Como información adicional, decir que Julian tiene otro local llamado Picasso, con 2 estrellas Michelin, ubicado en el Bellagio.

Y para hacer bajar un poco la comida, que mejor que una copa. O varias. Como os podéis imaginar, esta ciudad dedicada al pecado ofrece un sinfín de posibilidades; os paso alguno de mis sitios favoritos. Empecemos por el Ghost bar. Este local situado en el último piso del Palms Hotel & Casino puede presumir de tener unas de las vistas más espectaculares de la ciudad. Suelen poner R&B y hip-hop, alternando con música pop y dance comercial. Lo mejor, sin duda, la terraza. Cambiamos de escenario. En pleno centro y con vistas al frenético Strip está el Bond bar (Cosmopolitan Hotel & Casino), donde enjauladas bailarinas con cuidados estilismos animan al personal al ritmo de las canciones del momento. Otro lugar con encanto es el Blue Martini  (en el centro comercial Town Square) está lejos del bullicio del centro de Las Vegas y ofrece un espacio más tranquilo. Pocos turistas llegan a este lugar, prácticamente dedicado a los locales. Perderse por Fremont Street siempre es una buena idea.

Shopping en LAS

Antes se salir, cual tiburón, a saciar tus ansias de consumo, un consejo: reservaros unos cuantos dólares para cubrir los costes de vuestra desidia ya sea en forma de sobrepeso o de maleta extra. Anotad también esto: En Nevada los impuestos son considerablemente más bajos que en la mimada California , por ejemplo, por lo que si estás de ruta por la Costa Oeste te interesa derrochar en Las Vegas antes que en el estado vecino. Nota 2: Tened en cuenta también que son las marcas americanas las que gozan de precios casi irrisorios si lo comparamos al coste que tienen en España. Un ejemplo: por 12 dólares (unos 8 euros) puedes comprarte unas zapatillas Vans. El ahorro en las marcas extranjeras es considerablemente menor.

El frikismo y la farándula de esta ciudad tan auténtica abren un abanico enorme de posibilidades: espacios de lo más variopintos, lugares únicos. Como peculiar, la tienda Bad attitude boutique-The corset store que puede presumir de tener como fiel clientela a cantantes-stripers-bailarinas residentes en Nevada.

Menos transgresor es el Fashion Show, uno de los centros comerciales más nuevos y completos de la ciudad, allí puedes encontrar casi todo y de todos los precios, desde la lujosa Neiman Marcus a la asequible Forever21. Aparte de las tan buscadas actualmente Abercrombie & Fitch y Hollister también puedes encontrar tiendas como Free People  (ropa “boho-chic” setentera) o PacSun, allí descubrí marcas como Black Poppy, estilo surfero-californiano a precio más económico. Un indispensable, la famosa línea de lencería Victoria’s Secret, dispones de otra tienda en el Casino Caesars Palace, que además de cerrar a las 11pm tiene mucha más oferta en cuanto a bañadores.

Si buscas marcas a buen precio, Las Vegas Premiun Outlets es tu lugar. Esta cadena dispone de dos centros comerciales en la ciudad. Yo, personalmente, me quedo con el situado en el norte, eso sí debes tener en cuenta que se trata de un recinto al aire libre por lo mejor visitarlo cuando el calor no apriete en exceso. En la misma línea, tienes tiendas como Marshalls y/o los almacenes Ross. Dress for less (ubicadas generalmente en lo que llaman plazas o malls) que también ofrecen ropa de marca -entre otras cosas- casi regalada. Sin embargo, a menudo no es tan fácil encontrar lo que buscas, quizá tenga algo que la cantidad ingente de ropa por metro cuadrado, ordenada de manera caótica y por tallas en interminables burras.

Si quieres lujo, date una vuelta por el distinguido The Crystals, el Caesars Palace  y/o el Venetian, una galería de refinado aunque recargado gusto y de cielo azul. Tu bolsillo no se resentirá por echar una ojeada. Las grandes marcas son el escaparate perfecto para hoteles-casinos y centros comerciales. ¿Por qué tener un Tiffany’s cuando puedes tener uno en cada esquina? La exclusividad en esta ciudad algo ostentosa queda en entredicho.

Por si os quedáis con ganas de más, todo lo relacionado con compras en Las Vegas, lo podéis encontrar también aquí.

Leyendo ¡Consume! 1 y 2 alguno se puede quedar con las mosca detrás de la oreja: Muy bien, la economía americana se sustenta en el consumo interno (y así es, el autoconsumo ronda el 70% del PIB), pero ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo en estos tiempos de crisis (la de ellos mucho más llevadera que la nuestra) se sostiene este modelo? Pues bien, sin entrar a valorar la sostenibilidad ambiental o moral de este sistema, una cosa está clara, para consumir como ellos hay que disponer de unos ingresos generosos. Y he aquí la respuesta al enigma. Aparte de tener un paro relativamente bajo que ronda el 8% -cifra que sin embargo es considerada nefasta para lo que son sus parámetros habituales-, sus salarios son considerablemente más boyantes que los nuestros. Incluso en periodismo, uno de los oficios peor remunerados. Por contra, los precios de la mayoría de bienes y servicios son, dólar arriba euro abajo, parecidos. Es decir, gozan de un poder adquisitivo mucho mayor.

Así, todos con un trabajo (o varios), todos con un horario amable y todos con dinero en el bolsillo. Lejos de prescindir del personal su solución es apostar por el recurso humano  como pilar de la economía. Mal del todo no les va, y por algo llevan (todavía) la batuta.

Ni que decir tiene que esto no pretende ser un análisis económico, no osaría jamás enfundarme una de las chaqueta de Sala i Martín, ni literal ni figuradamente, sólo aspiro a comprender un poco mejor los entresijos de esta sociedad pragmática y eficaz, que no deja de asombrarme. En particular, me fascina la facilidad que tienen para sacarse trabajos de la chistera. Trabajos que en España nos parecerían ridículos. Ellos los dignifican y les dan un empaque inusitado. Entre estas ocupaciones peculiares se cuentan las siguientes:

El “empaquetador“: dícese de la persona que, en la caja de los supermercados, mete todos y cada uno de los productos de tu compra en las bolsas de plástico (aquí no ha llegado la moda de las bolsas reutilizables, aunque tampoco te cobran por ellas). Te guste o no, tampoco te da tiempo a protestar que ya tienes toda tu compra pulcramente organizada y a punto para llevar.

Los “botones de baño” son una especie de mayordomos que te aprovisionan de papel de wc, cremas, perfumes, papel para secarte las manos e incluso tabaco o gominolas en los baños de los clubes de Las Vegas. En el caso de ellas, hace también las veces de cuidadora, incluso de consejera, y da conversación en las eternas colas que se forman en los restrooms femeninos.

El “saludador” suele ser la primera cara visible en determinados comercios o centros de ocio. Lo reconoceréis porque sonríe demasiado, suele ser parco en palabras y un tanto repetitivo. Su función es estrictamente esa, la de saludar, que para otros menesteres ya están los dependientes o los puntos de información.

Y, por último, uno de los puestos más útiles -sin tener a menos los anteriores- es el de “ordenador de colas” (véase en aeropuertos, en el remonte de la estación de esquí, en las seguridad social, etc.). El terror de los turistas foráneos más pícaros -en EEUU suelen ser bastante honestos y civilizados de por sí, así que el ordenador de colas tiene parte del trabajo hecho-.

La mayoría de estos trabajos probablemente no tendrían salida en España, y su modelo quizá no se pueda, o no se deba, importar. Pero tal vez no sea mala idea estudiar ciertas fórmulas para reducir el desempleo en España. Al fin y al cabo de parados andamos sobrados y de pícaros, también.

El lugar idóneo para gastar todo el dinero que tengas (y el que no también) es Las Vegas, una ciudad canalla, sin horarios y diseñada por y para el consumidor. La maquinaria del derroche está perfectamente engrasada y funciona con precisión, sirviéndose de tres engranajes principales: oferta non stop, un servicio complaciente en exceso y comodidad absoluta en el acceso al ocio.

A los que adolecemos de una volátil voluntad, nos resulta extremadamente complicado no caer rendidos a todo cuanto tiene que ofrecer esta urbe. Tiendas como Victoria’s Secret (ubicadas en el Caesars o Palazzo) abren hasta medianoche para el deleite de sus acólitos. Y no es la única. Si tus necesidades son más terrenales, te interesará saber que puedes hacer la compra a las tantas de la mañana en algunos supercenters como Wal-Mart (una especie de Carrefour engordado con clembuterol) que abre para ti 24/7. Un lujo al alcance de todos. Como también lo es poder saciar tu mono de cafeína con un tanque de Frapuccino de caramelo a cualquier hora del día. Cada casino dispone de innumerables restaurantes, bares y uno o dos clubes que, cual telaraña, envuelven la totalidad del espacio-tiempo. Hay fiestas y conciertos nocturnos y pool parties diurnas. Y así, las tentaciones se suceden, una tras otra, apabullándote.

Los americanos en general, y los veguenses en particular, son virtuosos en materia de captación de consumidores. Dominan los tempos y el show business y, aquí, el cliente definitivamente tiene siempre la razón, incluso cuando se equivoca. Un ejemplo bastante ilustrativo: En un restaurante cualquiera te pides una ensalada que resulta “no ser tu favorita” y te la acabas dejando entera, pues bien, ese plato desaparece de la cuenta por arte y gracia del camarero que, encima, se disculpa. ¿Habrán perdido 9 dólares? ¿O los habrán invertido en ganarse un cliente?

Como ves, su sagaz estrategia no es otra que poner todas las facilidades para que el consumidor no deje de gastar. ¿Por qué cobrar por un pedazo de suelo donde dejar el coche? Mejor construir parkings gargantuescos y gratuitos, que luego ya se dejarán todos sus ahorros en las salas de juego, en las tiendas o en las barras. Y la maniobra es efectiva: sueltas el dinero más a gusto pensando en lo que te has ahorrado en parking y bebidas ya que mientras estas sentado en una mesa de juego, el alcohol corre a cargo del casino (sólo te cuesta la propina a la camarera). Al final ya no sabes si bebes para seguir jugando o juegas para seguir bebiendo. En cualquier caso, si uno acaba demasiado perjudicado puede acudir al servicio de “autobuses” Hangover Heaven (El Cielo de la Resaca) que garantiza redimirte de las secuelas de los excesos etílicos en tan sólo 45 minutos y por un módico precio (desde 90 dólares). Música para los oídos de los más beodos. Pero que no te engañen, no lo hacen -exclusivamente- para liberarte de las terribles jaquecas, sino para que puedas seguir jugando, disfrutando, gastando. Las Vegas, cual perra del hortelano, ni duerme ni deja dormir.

Tengo que ir un momento al banco. Típico pretexto para arañar unos minutos a la insufrible jornada laboral. Al menos, en España. Cambiad de excusa porque aquí, en USA, hay sucursales que abren las 24 horas de día. Todo sea para poder satisfacer los caprichos de sus clientes, los más boyantes y los que no lo son tanto. La verdad, no esperaba menos del país consumista por naturaleza y, como una adicta más, aplaudo la iniciativa. Como yo, hay gente que es incapaz de tomar decisiones -vitales según como- cuando el sol está alto y el mercurio marca 90ºF (32ºC). Si es tu caso, y vives en ciudades como Nueva York, que sepas que puedes pedir un crédito a las 3 de la mañana si te place. Esto acarrea peligros varios. Yo, de entrada, prohibiría el acceso a personas que superen la tasa de alcohol de 0.08. Sí, señores, los créditos aquí también hay que devolverlos, y una noche de borrachera puede costarte más que una simple resaca.

Sea rentable o no, una sucursal de este tipo ofrece un servicio impagable a sus clientes. Ellos no tienen que aguantar estoicamente las colas que se forman en los bancos españoles -sin discriminar horarios-, ni salir antes del trabajo para llegar a la carrera antes de que cierren. Lamentablemente, nuestros bancos no pueden ayudarnos más allá de las 3 de la tarde (en la mayoría de los casos). Por pequeñas cosas como ésta te das cuenta de que este país no es potencia mundial por casualidad. Algunos se lo trabajan. El capitalismo mueve su mundo, consumamos pues, aunque nos cueste el sueldo del mes.

 

Mis básicos de Las Vegas empiezan en un coqueto hotel llamado Rumor Boutique Resort situado en Harmon Avenue, a poco más de una milla del flamante Cosmopolitan Resort & Casino. De estilo muy Mikonos si no fuera por las altas y delgaduchas palmeras al más puro estilo californiano que te recuerdan que estás lejos de la Europa que conozco. Detalles morados rompen el blanco tan mediterráneo de las casitas bajas donde se encuentran las suites, que son, sin duda, el gran atractivo de este hotel. Un pedacito de paraíso -por un módico precio- en la caótica y ruidosa ciudad del pecado.

Si tu presupuesto es generoso y buscas lujo con gusto, el Aria es tu hotel, situado en la milla de oro de Las Vegas (detrás del centro comercial Crystals). Este casino huye de lo ostentoso, de lo pomposo de la mayoría y opta por la máxima “más es menos”, con una arquitectura moderna, elegante y sostenible. Lo mejor, sus domóticas habitaciones de estilo minimalista.

Si de lo contrario prefieres lo clásico (y tu bolsillo te lo permite), hospédate en una suite del fantástico Bellagio, un hotel de elegancia recargada inspirado en el Lago Como de Italia. Es uno de los casinos más pisados por los turistas, que esperan encontrarse a George Clooney y Brad Pitt haciendo fechorías. Curiosamente su atractivo principal se encuentra lejos de las salas de juego, concretamente en el lago artificial dónde cada noche -repetidas veces- las fuentes bailan al son de música clásica bajo la atenta mirada de miles de turistas.

Si viajas con niños, mejor optar por divertidos casinos como el Excalibur, el New York, New York , ya tienen zonas dirigidas especialmente a los más pequeños. El precio por habitación oscila dependiendo de la época del año, pero puedes encontrar ofertas por menos de $100 la noche por una habitación doble con dos camas. Si prefieres uno más económico, el Circus Circus (al este del Strip) es ideal también para ir con niños y los precios son más ajustados ($80). En muchos hoteles, pagas lo mismo por una habitación doble con una king size bed (cama extragrande) que por dos camas queen (camas grandes).

Pasar una noche el Luxor -la famosa pirámide situada al oeste del Strip- es un lujo al alcance de todos. Su arquitectura egipcia, las habitaciones abuhardilladas, sus piscinas y las deliciosas marganitas del Flight son sus mejores bazas. Toma el haz de luz que proyecta como referencia, facilitará su localización ya que se ve desde cualquier punto de la ciudad. Justo en el otro extremo del Strip, se encuentra otros de los hoteles más curiosos: el Stratosphere. Sus habitaciones poco tienen que envidiar a las del Luxor, aunque su principal atractivo son las vistas desde lo alto de la torre (es tan espectacular de día como de noche) y sus vertiginosas atracciones no aptas para cardíacos. Si te hospedas en este hotel, no te costará nada subir a lo más alto de Las Vegas Blvd. Si no eres cliente te costará 10 dólares subir los 350 metros (en ascensor, claro). Estos dos casino últimos casinos suelen tener precios bastante razonables (puedes encontrar ofertas por $90 la noche) ya que se encuentran en el mismo Strip pero un poco alejados del centro (zona Bellagio). No debes preocuparte por el coche, en Las Vegas todos los parkings son gratis tanto si eres o no cliente. Puedes aparcar en el Cosmopolitan, por ejemplo, y no pisar el casino si siquiera. Es una de las cosas que más me gusta de esta ciudad. La mayoría de grandes casinos están conectados por largos pasillos en su interior, así que puedes visitarlos sin pisar el Strip (Las Vegas Blvd.).

Si pasas de los casinos y prefieres hoteles de lujo a precio más asequible que en el resto de ciudades del mundo, Las Vegas es tu ciudad. Aquí los Hilton Trump al no tener licencia de casino se ven obligados a ajustar sus precios.

En la mayoría de los grandes resorts hay que pagar una fee (una especie de tasa) que oscila entre los $10-20 -dependiendo de la categoría del hotel- y a cambio te dan cupones de descuento en sus restaurantes, tiendas o espectáculos. Alguno incluyen también el uso de wifi en esta fee, en otros hay que pagarlo aparte.

Si eres de los que pagas por una habitación básicamente para dejar las maletas como los protagonistas de Resacón en Las Vegas, mejor optar por cualquier motel cerca del Strip tipo el Wild Wild West, un modesto casino, bien ubicado (a menos de dos millas del divertido New York, New York), de amplias habitaciones aunque rancia decoración (tónica habitual en Las Vegas, también en los casinos más caros). No te cruzarás con Bradley Cooper por los pasillos pero podrás degustar un sabroso desayuno en el Denny’s incluido en el precio de la habitación. No tengas prejuicios a la hora de mirar moteles en Las Vegas (zona Strip o Fremont St.), nada tienen que ver con los que puedas encontrarte en España. Aquí hay cadenas muy económicas como los Days Inn, Rodeway Inn o Travelodge que están fenomenal, son confortables, limpios y ofrecen algunos servicios por los cuales en los grandes casinos tienes que pagar como por ejemplo el wi-fi. Curiosamente en la mayoría de moteles tienes acceso gratis a internet mientras que en los grandes casinos tienes que pagar por la clave de acceso en algunos de ellos incluso por cada aparato que desees conectar a su red.

Después de haberte alojado en cualquier hotel, casino o motel de Las Vegas, todo te parecerá caro en relación calidad-precio incluso dentro de USA. Y aunque es verdad que hay casinos muy elitistas, dónde prefieren tener las habitaciones vacías antes que bajar sus precios, lo cierto es que aquí el lujo está al alcance de más personas. Ya que te sacarán el dinero en sus salas de juego, por lo menos que duermas bien.

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¡Por fin tengo profesora inglés! Y lo mío me ha costado, concretamente seis meses. Soy culpable única de esta excesiva demora, alimentada por un recién estrenado apalancamiento que, por cierto, detesto. Ni corta ni perezosa, me premié con demasiados días de no-hacer-nada, siempre confiada en empezar al día siguiente, con tan mala suerte que nunca era el mejor momento para debutar. Que no puse todo el empeño que debía cuando llegué es una obviedad. Que a menudo no encontraba el ánimo necesario, una realidad.

Sin embargo, no se me puede reprochar que no hiciera algún amago -demasiado tímido quizá- de buscar si no al perfect teacher al menos, a uno cualquiera. No, no ha sido tarea fácil encontrar a alguien que se preste a compartir su conocimiento en esta materia conmigo. ¿Celosos de su lengua o simplemente desinteresados en expandirla más si cabe? Me inclino por la segunda de ellas. Al menos, esa fue la sensación que me dio cuando me puse en contacto con el Tonopah High School en busca de alguien que quisiera refrescar mi grammar y enseñarme las bondades de su aparentemente asequible idioma. Entonces no obtuve respuesta y opté por lo más cómodo en aquel momento: desistir -sin mostrarles ni siquiera un ápice de mi mal genio, negándoles una segunda oportunidad-. No os penséis que fui la única que corrió esa suerte. Distintos aspirantes a alumno se toparon con el mismo resultado. Ni siquiera el profesor de español del colegio -con un conocimiento prácticamente nulo en la lengua de Cervantes, según me han contado- simpatizó con nosotros. ¿La razón? No la entendí entonces, ni ahora.

Dudo que la incapacidad de la mayoría de españoles con los idiomas haya traspasado fronteras hasta llegar a la lejana Tonopah. Si fuera así, entendería sus reiteradas negativas. Sin embargo, considero injusto el negarnos el derecho a poder comunicarnos decentemente con ellos, así nunca superaremos nuestras carencias. Me choca este comportamiento en una sociedad tan abierta. Y es que si algo caracteriza a los americanos, además de ser anchos de huesos, es que son muy hospitalarios y Tonopah no es la excepción. Me niego a pensar que se trata de su fervoroso desinterés por nosotros ya que la acogida ha sido excepcional. Quizá nos dan por perdidos, no les culpo.

Así que ante este panorama no me quedó otra que buscarme una profesora por Internet. Se trata de una vecina de Las Vegas que me cobra 10 dólares la hora por aguantar estoicamente mis patadas a su diccionario y corregir mi acento tan español.  Supongo que encima debo estar agradecida a las tecnologías en general y a skype en particular no sólo por conectarme a mi mundo (Spain) sino también al conocimiento. Por sacar algo positivo a todo esto, siempre puedo culpar a la cobertura de Internet (cuando hace viento en Tonopah, la conexión va literalmente a pedales) o al micrófono de mi MacBook si no logramos entendernos con claridad. Os dejo, tengo clase.

¿Conocéis la aplicación “Motivator”? Se trata de una app para alentar al personal y promover que su ánimo no decaiga presa de la rutina. Pues bien, resulta que uno de estos divertidos speech protagonizados por una voz de lo más varonil es sobre no abandonar tu blog. “Todo sea por los cinco lectores que te siguen”, dice mi motivador. No tardo en convencerme.

Volví de mi viaje a España hace ya dos semanas y seguía sin tener nada que contar. Todas las ideas naufragaban y se diluían en mi cabeza, incapaz de escribir ni una sola palabra. Así que forcé una situación para tener que volver a enfrentarme a esta página en blanco (soy periodista, qué esperabais: si no hay noticia, se crea). De modo que me fui a “The Gun Store” en Las Vegas.

El dependiente parece decepcionado cuando le digo que mi experiencia con las armas es nula. Resignado, me explica el procedimiento y me hace firmar una hoja donde les exonero de toda responsabilidad si el loco vecino me usa como diana o si me explota una arma de fuego a la cara, vamos lo típico. Mucho más tranquila tras estampar mi firma, espero paciente mi turno. Delante tengo un grupo de asiáticas de despedida de soltera, desconozco si puede usar la foto del futuro cónyugue como diana (lo preguntaré en mi próxima visita). Lo más seguro es que la novia se tenga que conformar con apuntar al desfigurado rostro de un zombie nazi alemán o de un islamista radical. Tampoco hay elefantes para el simpático señor que me sigue, el cual juraría que le ha copiado el look a nuestro Juancar -si supiera quien es, claro-. Me pregunto qué diana habrá elegido el niño que está detrás de nosotros muy bien escoltado por su madre. ¿Acaso os pensabáis que no les educan también en esta vital tarea? En resumen, una clientela de lo más variopinta, entre la cual se incluye una delicada japonesa -muy fina ella- que también se anima a descargar tensiones desde 25 dólares. Pasadas las dos horas se acaba la paciencia y también la espera, es mi turno.

Cuando coges una arma por primera vez sientes un poder aterrador. Por lo que significa y por lo que puedes hacer con ella. Nada bueno puede salir de aquí, pienso mientras empuño una Beretta M9. El primer disparo me sorprende, inesperado, y apenas dura un suspiro. El pequeño casquillo sale expulsado trazando una órbita siniestra y se pierde por mi hombro derecho, a la vez que el chispazo me obliga a cerrar los ojos esperando no salir volando hacia atrás por el retroceso. Fracaso. Tras la prueba, las siguientes 19 balas salen solas, conservando el acojone inicial en cada disparo, eso sí. Me despido de Mike (el amable instructor que nos atiende y controla en todo momento) diez minutos después lamentando no haber cogido un pack de AK47, M4 y Desert Eagle, por ejemplo, y dando gracias a Dios de que el de la ametralladora de al lado no me haya usado como como diana. Por este estricto orden.

No me he vuelto loca -aunque esta sociedad se empeña en que lo parezca-. Así que hasta entonces esta adrenalítica experiencia va a quedar eso, en una mera anécdota o algo sobre lo que escribir. Agradezco el catálogo de armas de fuego que me hicistéis llegar a casa, sin embargo y a pesar de las tentadoras ofertas, por ahora no voy a comprar ninguna. Gracias. ¿El motivo? Un americano me dijo un día que no llevaba nunca una pistola encima porque, de hacerlo, en más de una ocasión hubiera tenido tentaciones de usarla. Pues eso.

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