Archivos para las entradas con etiqueta: Sheriff

Siempre me ha dado mucha pereza el apelativo “bloguera”. No me identifico como tal pese a que, de vez en cuando, escribo. Empecé el blog en Tonopah como vía de escape, de supervivencia si quieres. Ni siquiera se me ocurrió a mí la idea.

Pero lo cierto es que escribir me ayuda. Releer me ayuda. A mí y a mi torpe memoria. Me sirve de mecha para encender y revivir momentos mágicos, duros, especiales. Me ha dado alas y me ha quitado el sueño también. Lo he necesitado, lo he abandonado y retomado. Hay entradas que se escriben de una tirada, que apenas revisas y publicas immediatamente, sin más dilación. Que escribes con el corazón o cuando algo te lo ha tocado. Siento que soy más sincera, más real aquí que en las redes sociales que te empujan a mostrar lo feliz que eres.  No, no todo es bueno. Ni siempre tengo días felices. Hay días que no tengo ganas de escribir, que no me salen las palabras. Otros que me salen y prefiero guardarlas bajo llave. Solo para mí.  Éste fue uno de esos días. Lo escribí hace demasiado (el 17 de mayo de 2013, concretamente) y se quedó allí olvidado en el cajón desastre de los borradores, como tantos. Hasta hoy.

“No siempre me cruzo con el Sheriff de mi Condado, me sacan a bailar cowboys o recibo un regalito en la PO BOX. Cualquiera de estas cosas, me puede alegrar el día. Hoy no ha pasado nada (ni bueno ni malo). No le quiero dar más importancia porque no la tiene. Sólo es un día más que pasará. Un día que no me inspira. Hoy no es uno de esos días pero también cuenta. Unas veces tan arriba que no alcanzo ver el suelo, otros tan cerquita de él. No pasa nada (mamá, papá) y pasa todo: os echo de menos, solo eso.”

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Debo admitir que, dejando a Horatio al margen, no siento especial devoción por las fuerzas del orden. Sin embargo, el Sheriff del Condado de Nye me ha conquistado.

Noche de St. Patrick’s Day, Liquor bar (Tonopah). Un lugar anodino con una Jukebox y un billar de vuelta de todo, testigos habituales de numerosas broncas. Y ayer no fue la excepción. Un local de enormes dimensiones se abalanza sobre otro un poco menos grande (no hay americano pequeño). El camarero del lugar –un hombre entrado en años y en carnes- intenta poner paz sin éxito. Demasiado alcohol corre por sus venas. Ante el fallido intento de frenar la pelea, su compañera hace una llamada.

En dos minutos se personan tres patrullas. Los destellos azules y rojos se cuelan por la ventana, anunciando su llegada. Entra el Sheriff del Condado escoltado por dos agentes del orden. El bar se queda mudo. Se termina la pelea. Los dos subordinados aguardan cual porteros. El Sheriff avanza solo hasta el final del garito donde se encuentran los revoltosos. Es corpulento, de unos cincuenta. Y su chaleco antibalas le hace parecer todavía más grande. Impone respeto, incluso admiración. Muy seguro de sí mismo, se acerca -como a cámara lenta- a los agitadores y, sin necesidad de mediar palabra, éstos ponen sus manos en la cabeza. Se rinden. Tras el cacheo de turno, se lleva a uno de ellos fuera del bar. Diez minutos de charla son suficientes para apaciguar al incitador que regresa al bar sereno. Se felicita de no haber cabreado demasiado al todopoderoso Sheriff. Se abraza con sus amigos. Y se queda en un rincón. Tranquilo.

Salimos del bar. Siguen las tres patrullas fuera del Liquor, aún con las luces encendidas. El Sheriff y sus subordinados comentan la jugada restándole importancia. Luego se suben a sus coches y se marchan.

No era especialmente fan de los agentes del orden. Hasta ayer.

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Así empezó todo. Sin buscarlo, sin quererlo. De repente, tienes una oportunidad delante que nadie te deja rechazar. Mientras tú has estado toda la vida aferrándote a lo conocido, a lo viejo, a lo aburrido. No, no me gustan los cambios. Ni soy valiente. Pero esta vez fingí serlo y me fui. ¿El Destino? Dicen que Estados Unidos. La realidad: Tonopah (Nevada).

Un pueblo situado a medio camino entre Las Vegas y Reno. Donde hay más personas trabajando para el sheriff del condado que habitantes (entre unos y otros, suman 3.000). De una única calle principal -la misma carretera Veterans Memorial Hwy-, con una sola tienda de ropa, el Post Office, un gimnasio, el food market, una decena de restaurantes y otros tantos moteles de carretera (uno de ellos, con leitmotiv de payasos que es realmente desconcertante). Eso sí, tiene un equipo de baloncesto, los Muckers (de la liga escolar), que es el orgullo de este pueblo minero fundado en 1901 por un buscador de plata. Cuando juegan los Muckers en casa, todos se vuelcan con su equipo. Tropiezas con pancartas de  apoyo en la carretera, lo anuncian en los luminosos…Nadie falta a la cita, ni el mismísimo sheriff. Tampoco las cheerleaders. Aquí como en las pelis, o eres deportista o animas a los deportistas. Y, como no podía ser de otro manera, el entrenador de las chicas del High School Tonopah, las Lady Muckers, es un extrabajador del Nye County Court House Sheriff ya retirado. ¿Es o no es como en las pelis?

De lo primero que te das cuenta cuando llegas a USA es que los guionistas de Hollywood no tienen nada de imaginación. Se limitan a recrear escenas de la vida cotidiana americana. Y tú llegas aquí embriagado por el sueño americano y terminas en un pueblecito que ni los vecinos californianos sitúan en el mapa (y eso que está a 1:30h de CA). Para que os hagáis una idea esto se acerca más a la América profunda de los hermanos Cohen que a Gossip Girl o Californication.

Pasado el susto inicial y tras casi dos meses viviendo aquí creo que ya puedo decir que soy una “tonopeña” más. Colaboro en el periódico local del condado de Nye (Tonopah Times-Bonanza), voy a hacer la colada a la lavandería (los viejitos me riñen si voy a hacerla otro día que  no sea el jueves, porqué es cuando ellos van a lavar la ropa), visito mi P.O. BOX (apartado postal) a diario esperando recibir algún paquete de España (a poder ser  la revista Coure con un sobre de jamón dentro)…ah, y comparto gym con un grupo de mazaos que me ponen Heavy Metal para que no me duerma en la cinta (es mi hora de la siesta)…muy majos ellos y yo, cada vez más de pueblo. Eso sí, los fines de semana me escapo por patas a cualquier lugar. Aunque debo reconocer que el domingo tengo hasta ganas de volver a casa.

Lo malo de todo esto -por sacarle un pero – es lo de siempre: estar lejos de los tuyos. Concretamente a más de 9.000 km de casa (España) y con 9 horas de diferencia. Lo que significa que si te pasa algo interesante más tarde de las 3 p.m. (las 12 a.m en España), como, por ejemplo, que te saque a bailar un cowboy en un bar de Beatty, tengas que esperar hasta el día siguiente para poder contarlo. Por eso me he animado a escribir un blog. Para vomitar lo que me pase cuando me pase y los míos puedan leerlo cuando les plazca. Creo que  también puede ser una buena terapia para no acabar majara en este pequeño pero cada vez más acogedor pueblecito llamado Tonopah.

P.D. Os dejo me voy a hacer la colada 😉

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