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Soy muy de mar, pese a haber vivido los últimos 12 años lejos de él (Madrid, 7 Tonopah, 4 y Johannesburgo, 1). Es tener el agua cerca y todo me parece más bonito; seguramente sea cosa mía.

Al pisar Cape Town por primera vez tuve la misma sensación que cuando aterricé en Oahu: “¿Por qué tengo que vivir en Nevada, pudiendo estar (y trabajar legalmente) en Hawaii? Al trasladarle esto mismo a mis entonces vecinos tonopeños me miraron con cara de “está chalada”. Y es que a los yankees en general no parece gustarles la idea de estar limitados por nada y el mar no es una excepción. Son más terrestres que marinos (al menos esa sensación me llevé), más de carretera y manta. De coger la RV y recorrerse su infinito país.

Llevaba una semana anunciando a bombo y platillo que, si todo iba bien, el jueves conocería, al fin, Cape Town tras casi un año viviendo “aquí mismo”. Mis conocidos, vecinos y amigos ya me avisaron: “No vas a querer volver”. No se equivocaban. No es solo por el mar. Qué lugar más mágico, histórico, versátil. Si no fuera por el viento.

Aquí 15 rinconcitos de esta mítica ciudad a la que espero volver pronto.

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Siempre me ha dado mucha pereza el apelativo “bloguera”. No me identifico como tal pese a que, de vez en cuando, escribo. Empecé el blog en Tonopah como vía de escape, de supervivencia si quieres. Ni siquiera se me ocurrió a mí la idea.

Pero lo cierto es que escribir me ayuda. Releer me ayuda. A mí y a mi torpe memoria. Me sirve de mecha para encender y revivir momentos mágicos, duros, especiales. Me ha dado alas y me ha quitado el sueño también. Lo he necesitado, lo he abandonado y retomado. Hay entradas que se escriben de una tirada, que apenas revisas y publicas immediatamente, sin más dilación. Que escribes con el corazón o cuando algo te lo ha tocado. Siento que soy más sincera, más real aquí que en las redes sociales que te empujan a mostrar lo feliz que eres.  No, no todo es bueno. Ni siempre tengo días felices. Hay días que no tengo ganas de escribir, que no me salen las palabras. Otros que me salen y prefiero guardarlas bajo llave. Solo para mí.  Éste fue uno de esos días. Lo escribí hace demasiado (el 17 de mayo de 2013, concretamente) y se quedó allí olvidado en el cajón desastre de los borradores, como tantos. Hasta hoy.

“No siempre me cruzo con el Sheriff de mi Condado, me sacan a bailar cowboys o recibo un regalito en la PO BOX. Cualquiera de estas cosas, me puede alegrar el día. Hoy no ha pasado nada (ni bueno ni malo). No le quiero dar más importancia porque no la tiene. Sólo es un día más que pasará. Un día que no me inspira. Hoy no es uno de esos días pero también cuenta. Unas veces tan arriba que no alcanzo ver el suelo, otros tan cerquita de él. No pasa nada (mamá, papá) y pasa todo: os echo de menos, solo eso.”

 

Llevo días, que digo días, semanas, intentando terminar esta entrada. Ardua tarea la de sintetizar en pocas líneas tantas vivencias, tanto sentir. No consigo reunir el coraje para cerrar este capítulo. Tampoco me parece justo no hacerlo, así que ¡ahí va!

Tonopah me ha cambiado. Mucho. Me ha curtido, sacudido, conmovido. No soy la misma, ni mejor ni peor, distinta. Mi visión de muchas cosas también ha cambiado. De la soledad, por ejemplo, tras tres años y medio allí no solo me he acostumbrado a ella si no que he aprendido a disfrutarla. Y con esto no quiero decir que allí estuviera sola, he tenido la suerte de conocer a personas increíbles, las cuales espero que sigan formando parte de mi vida siempre (aunque, por desgracia, no pueda verlas todos los días ahora). Sin embargo, hay muchos momentos en los que tú eres todo lo que tienes y hay que salir a flote incluso en los días más grises.

Estos más de 40 meses han dado para ratillos duros, críticos incluso (soy un tanto dramática cuando me pongo). Y es que la soledad del primer momento y la distancia no son buenas compañeras de viaje. Alejarte tanto de lo conocido, salir de tu zona de confort y que sea durante tanto tiempo da mucho vértigo al principio. Empezar de cero no es sencillo, pero es muy gratificante, y una experiencia muy recomendable. Yo, sin dudarlo, repetiría.

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Poco me imaginaba, allá por enero de 2012, que encontraría mi lugar en aquel pedacito de desierto. Que vibraría cada fin de semana con el equipo local, los Muckers, y que lloraría cuando uno de sus entrenadores Harvey (Javier) nos dejaba por un maldito cáncer, poco después de llevar a su equipo de volleyball al Campeonato Estatal.

Mucho ha nevado desde que aterricé en la capital del Nye County cargada de dudas y de camisas de cuadros. Recuerdo como si fuera ayer el día que pisé por primera vez el Tonopah Times-Bonanza. Vestida para agradar y con cierto temor al rechazo. ¡Qué equivocada estaba! No solo encontré un trabajo hecho a mi medida que me permitió ganarme el cariño de mis vecinos, encontré una familia. Mis confidentes, mis maestros, mis referentes.

Y más que trabajo fue un regalo. No soy una “morning person”, sin embargo debo confesar que esperaba con anhelo que llegaran los jueves, y no solo para ver en papel los artículos que escribía (que también). ¡Qué bien sabía el hot chocolate de las 6 de la mañana mientras preparábamos los envíos de las suscripciones del Tonopah Times y repartíamos los diarios por los comercios locales! Qué poco me importaba el madrugón. Y qué bien entraban los “ligeros” desayunos gentileza de Burger King, Subway o Kozy Corner, un imprescindible para coger fuerzas y afrontar las visitas de los vecinos que venían al periódico en busca de su ejemplar y de un poco conversación.

Lo bueno no había hecho más que empezar. Llegaba el viernes y con él, el deporte local, sección en la que debuté como reportera dicho sea de paso. Concretamente, en baloncesto femenino, ¡qué más se puede pedir! La primera vez que entrevisté a un entrenador, Coach Eddie Cobb, me temblaban hasta las piernas. Fue paciente y comprensivo, como el resto de técnicos y jugadores que fueron víctimas de mi grabadora (sin excepción). Cada historia que contaba me unía aún más a esta pequeña gran comunidad.

Allí conocí el sentido de periodismo cercano hecho por y para el pueblo. Sin formalidades ni formalismos incluso cuando recibimos la visita de un congresista, Crescent Hardy, que llegó conduciendo él mismo un Ford (como era de esperar) y acompañado únicamente por su directora de comunicación y un asesor. Campechano y cercano.

Carretera y manta (On the road)

Las 80.000 millas que tiene nuestro atrotinado Ford Focus atestiguan que han sido tres años moviditos. Y es que tener Los Angeles a 6 horitas de coche, San Diego a 7h, San Francisco a 8h es un verdadero lujo que hay que exprimir al máximo, y un peligro también. Es increíble lo rápido que te haces a las largas distancias en este inmenso país (distancias que ya consideramos medianas o incluso cortas). Pero no hace falta irse “lejos” para disfrutar de rincones de ensueño: Mammoth (CA) y Lake Tahoe (CA) están a un suspiro de casa y Las Vegas, a un paseíto.

Chicago, Nueva York, Washington, Baltimore, Portland, Seattle, Salt Lake City, HAWAII, Gran Cañón, Yosemite, Death Valley y Muse, Imagine Dragons, The Offspring, The Postal Service, David Copperfield, Calvin Harris, Aviccii, David Guetta, Cirque Du Soleil, Lakers vs Clippers, San Diego Chargers vs Denver Broncos, etc. Son solo algunos de los lugares, artistas y espectáculos que han pasado a engordar nuestra lista de vivencias inolvidables. Y es que este país tiene tanto que ofrecer que no te lo acabas ni queriendo. Demasiado que procesar en aquel momento, ahora lamento no haber podido saborearlo más lentamente.

De todo lo que me ha dado este país me quedo con su gente sin dudarlo. Parlanchines, amables, complacientes, tan patrióticos ellos. Exageradamente polite a veces, tanto que te cambia los esquemas y cuando vuelves llega a mosquearte, por ejemplo, que tu vecino con el compartes escalera desde hace 15 años no sepa ni tu nombre o que un dependiente prefiera seguir plegando camisas a dedicarte un saludo en una tienda. Está claro que carburan distinto en el otro lado del charco.

Lejos ya del vasto desierto de Nevada, afincada en Madrid, y a la espera de una nueva aventura que me permita seguir creciendo y conocer rincones del mundo tan especiales como éste al que decimos hasta pronto. Pero no sin antes darle las gracias. Por todo lo que me has dado, que es mucho más de lo que nunca imaginé, ty (thank you) Tonopah, we had the time of our lives!


Soy una común in-armada a la que le resulta un tanto inquietante que el vecino de al lado pueda tener una pistola en su mesilla de noche. O peor, en la guantera de su coche. Aunque tampoco me obsesiona la idea. Hasta el momento, exceptuando mi visita a The Gun Store, solamente he visto a un civil con un arma enfundada (a la vista). Fue en un bar en Beatty (NV). Música country como banda sonora, billetes de un dolar firmados por las paredes y un hombre entrado en años, al que parece pesarle la vida, con una pistola recostada en su cinturón de piel. Hecho que, al parecer, no inquietó a nadie más que a mí. Afortunadamente, la noche trascurrió sin ningún sobresalto que requiriera de un desenfundado a lo John Wayne.

Ayer volví a ver un arma de fuego, en la tienda del pueblo. Los ojos se me fueron directamente al cinturón sin caer ni cuenta de quién era su dueño. Hice un barrido hasta llegar a la insignia dorada de su polo negro, se trata de Mike, el Sheriff del Condado. Su gesto amable me acabó de convencer de que podía seguir a lo mío sin la menor de las preocupaciones. Estuvo un rato rebuscando dentro de una caja de zapatos puntas para cazar; cuando terminó le indiqué a Shirley, la dependienta, que podía cobrar al jefe primero en un alarde de generosidad, que no de peloteo. “Hay que tener a la autoridad contenta”, pensé. O al menos no cabrearla demasiado.

Así como no es habitual ver a civiles armados por la calle, también os diré que éste no es un tema tabú. Hace un par de semanas me enteré de que dos amigas disponen de armas de fuego en casa, una de ellas tiene siete rifles de caza y la otra de una pistola pequeña para defenderse. No se jactan de ello pero tampoco tienen miramientos a la hora de compartir tan sensible información (al menos, para mí). Cuando les explico que en España no es un derecho el poder disponer de armas de fuego, se quedan un tanto atónitas. Sin embargo también los hay que, dándole una patada a la discreción, alardean de su “juguetito” cual Ferrari a pie de calle.

Con tanta devoción por estos artilugios es normal que los sheriffs, police y demás cuerpos tengan que andar con pies de plomo. También cuando por ejemplo, paran a un vehículo tras cometer una vulgar infracción de tráfico. Esa imagen tan típica de las películas de los agentes acercándose a los vehículos con la mano acariciando la pistola, listos para desenfundar, es un calco de la realidad y una escena muy recurrente en cualquier carretera del país. Y personas con la cabeza recostadas sobre el capó del coche y esposados también, pero a eso ya volveremos otro día.

Se me quedó grabada una frase del manual de conducir de NV: “Recuerda que usted sabe en todo momento con quién está tratando (refiriéndose a un agente), sin embargo él no sabe a quién tiene delante”. Lamentablemente, yo tampoco conozco a la mayoría de mis vecinos. Por suerte (si es que podemos encomendarnos a ella en estos temas), donde trabajo han prohibido la entrada de cualquier tipo de arma de fuego. Quizá esa sea la razón por la cual Ron aparcaba en el párking de visitantes…

*Texto escrito el 24/1/14.

El Fin del Mundo empieza aquí.

Goldfield, Nevada (USA).

Tras volver a casa después del merecido parón navideño recibo una de las peores noticias que te pueden dar en un pueblo como Tonopah: el McDonald’s ha cerrado. Dejando huérfanos al Subway y al Burger King y, a la vez, engordando su clientela. Si ya es inaudito que un establecimiento de dicha multinacional cierre sus puertas más lo es todavía el modo en que lo hizo. Sin previo aviso, una fría tarde de enero desmantelaron el local, sin dejar ni uno sólo de los elementos que podrían relacionar éste ahora vacío espacio con la cadena de fast food más famosa del mundo. Desaparece, pues, uno de los símbolos más arraigados del capitalismo americano.

Desconocemos el motivo que les ha llevado a cerrar a cal y a canto su único restaurante en 150 millas a la redonda, en la US-95 (una carretera muy frecuentada por camiones y turismos que une las ciudades de Las Vegas y Reno). McDonald’s no se ha molestado ni en devolver la llamada. Y claro, tratándose de un tema tan candente y de un pueblo como Tonopah, los rumores han corrido como la pólvora, alimentados por el buen hacer de los responsables de esta compañía. Algunos apuestan por el recurrente argumento de la falta de salubridad del local, regentado por personas singulares. Otros cuentan que el manager arrambló con lo creía que era justo dada su dedicación, cantidad que cifran en 25.000 dólares, sin los cuales el negocio no pudo sobrevivir. Sea como fuere, gracias por dejarnos sin Sundae’s ni Big Mac’s, quizá nuestro flotador lo agradezca, pero nuestro viciado paladar está de luto.

R.I.P Cayman

Tardé 6 meses en ver, en directo, al personaje más extravagante, quizá hasta carismático, del pueblo donde vivo, Tonopah (NV): Dennis Avner, 54, popularmente conocido como CatMan o Stalking Cat (cómo él se hacía llamar). Nos tropezamos en la sección de bebidas de alta graduación del supermercado. Nuestro encuentro se saldó con una cara de asombro un tanto aterradora y un tímido y escueto Hi!. No llegué a escuchar siquiera si me devolvió el saludo.

Ayer me enteré de que ya no volveré a verle por los pasillos del supermercado, la semana pasada encontraron su cuerpo sin vida en su hogar. Parece mentira que, en este mundo tan globalizado, tan inmediato, haya tardado tanto en salir esta noticia. No creo que se deba a la falta de interés (morboso, sí), creo que debemos agradecérselo al tempo de este pueblo. Poco ha trascendido hasta el momento, pero mucho se está especulando sobre un posible suicidio. Triste noticia. Excéntrico como pocos y un tanto inquietante incluso, pero al final era un vecino más -aunque bastante caro de ver-.

Catman, en persona: http://www.youtube.com/watch?v=6I-1JOYDO44&feature=em-share_video_user