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Un atardecer -el último- en Sea Point (a las 18:38), el Maratón de Cape Town con más de 10.000 valientes y una carrera de 10 km con las mejores vistas; el último paseo marítimo por Waterfront y la visita fugaz al ayuntamiento. No hay tiempo para más. En la lista de pendientes: subir en funicular a Table Mountain, bañarme con tiburones u orcas. Si es que estas últimas han dejado algún tiburón blanco. En mayo y junio se encontraron varios escualos muertos cerca de la costa y apuntan a estos cetáceos como culpables. Desde entonces, son muy caros de ver por la zona. Quizá tenga suerte la próxima vez. Tal vez sea buena idea volver en diciembre coincidiendo con el verano. Dicen que es la mejor época. Espero que sea menos ventoso. Habrá más agua, eso seguro. Música para mis oídos -que largo se ha hecho el “invierno” sin una gota de lluvia-. Hasta entonces 12  fotos más de mis últimos instantes en Cape Town.

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Soy muy de mar, pese a haber vivido los últimos 12 años lejos de él (Madrid, 7 Tonopah, 4 y Johannesburgo, 1). Es tener el agua cerca y todo me parece más bonito; seguramente sea cosa mía.

Al pisar Cape Town por primera vez tuve la misma sensación que cuando aterricé en Oahu: “¿Por qué tengo que vivir en Nevada, pudiendo estar (y trabajar legalmente) en Hawaii? Al trasladarle esto mismo a mis entonces vecinos tonopeños me miraron con cara de “está chalada”. Y es que a los yankees en general no parece gustarles la idea de estar limitados por nada y el mar no es una excepción. Son más terrestres que marinos (al menos esa sensación me llevé), más de carretera y manta. De coger la RV y recorrerse su infinito país.

Llevaba una semana anunciando a bombo y platillo que, si todo iba bien, el jueves conocería, al fin, Cape Town tras casi un año viviendo “aquí mismo”. Mis conocidos, vecinos y amigos ya me avisaron: “No vas a querer volver”. No se equivocaban. No es solo por el mar. Qué lugar más mágico, histórico, versátil. Si no fuera por el viento.

Aquí 15 rinconcitos de esta mítica ciudad a la que espero volver pronto.

El viento y las nubes se han colado en todas y cada una de estas 13 fotos, robándole todo el protagonismo a los diminutos pingüinos. Sin bajar del coche desde Ciudad del Cabo al Cabo de Buena Esperanza, pasando por Boulders Beach y Simon’s Town: muy colonial, con un aire al Malecón – con permiso de la Havana-.  Y de vuelta a la ciudad, caótico tráfico y un buen majar -con algo de arena- como broche final. Sin noticias de la lluvia, por ahora.

6 a.m. y ya en pie y pertrechada para el viaje. Nervios, sueño y un largo día por delante. Tampoco es un madrugón -nuestro particular despertador (Nil) suena antes de las 7-. Sin embargo, hoy hay un extra de motivación. Mi destino, Ciudad del Cabo, no podía llegar en mejor momento. Y no solo por la compañía si no porque justo esta semana he empezado a saborear el libro Of warriors, lovers and prophets, de Max du Preez, y uno de los primeros capítulos precisamente cuenta la historia de los primeros europeos en pisar el Cabo de Buena Esperanza (Cape of Good Hope o Cabo da Boa Esperanza). Lectura muy recomendable para aprender un pedacito de historia de este país. Y recomendada por Mophete -un crack oriundo de Soweto que trabaja como periodista para un medio japonés y es, además, guía turístico en sus ratos libres-.

Tras callejear persiguiendo al Toyota Corolla (Uber) -que esquivaba el tráfico y casi a nosotros también- llegamos al Aeropuerto (Internacional) de Lanseria. Ya nos había dicho Marta que se trataba de un aeropuerto de juguete. Y no se equivocaba. Moderno, en obras (por supuesto), muy cómodo y manejable. Sin fingers. Dos horas después ya estábamos en destino. Y las vistas aéreas, quitan el hipo.

Esto es de Johannesburgo a Cape Town en 14 fotos sin bajar del coche (ni del avión). Cheers!

Sí, somos unos domingueros en toda regla. Vestimos vaqueros y llevamos calzado para patear la ciudad para hacer hiking, senderismo de toda la vida (no nos atrevemos con el trekking, por ahora). Pero le ponemos ganas. Nada más empezar nuestro paseo de 3 horas un toro salvaje se ofrece a hacernos de guía, oferta que rechazamos por sus compañías: un grupo de tres críos descalzos y con palos que auguran tormenta. Seguimos sin ellos. Esto es Clarens en 8 fotos.

Con algo más de agujetas y cierta nostalgia, visitamos -sin bajarnos del coche, esta vez- el Golden Gate National Park, cuyas magníficas formaciones rocosas evocan de forma muy poderosa la geomorfología del Gran Cañón y del Monument Valley norteamericanos. Y ya de vuelta a la ciudad elucubramos infantiles teorías acerca de porqué un vaso de leche en este municipio del Free State cuesta R12,99 (0,90c de €) y uno de agua R15 (1€): hay muchas más vacas que ríos por esta zona-. Cheers!

Nos ha costado diez meses salir de la ciudad. Y nada más cogemos la autopista, casi nos sacan de ella: una enorme lona roja se despega de uno de los camiones que van delante y vuela por encima de nuestra luna sin llegar a impedirnos la visión, sin embargo nos distrae los suficiente como para no poder esquivar un palé de madera que también ha saltado y que aterriza delante nuestro. Le pasamos por encima y el coche da un salto que nos deja el corazón en un puño. Por suerte el susto no va a mayores. Pocos metros después un Audi volcado. Y nosotros preocupados por el tráfico, hay más peligro sobre el asfalto que en el township más conflictivo. Camiones y policías se disputan el dominio de la carretera. Gana la pobreza en estos 323 kilómetros. De Johannesburgo a Clarens en 10 fotos sin bajar del coche.

Adaptarse o morir, que diría Darwin. Pues ya estoy tardando en hacerme con un gorro de lana. El tiempo, en Jozi, está cambiando y yo, mediosudafricana tras seis meses aquí, saco el jersey del armario cuando la temperatura baja de 23 grados. Y no estoy sola en esto, ni soy la más exagerada. Y es que el mercurio roza los 20ºC y mis vecinos locales sacan el forro polar. Esta mañana, sin ir más lejos, los de seguridad del complejo donde vivo lucían plumón, gorro y ponían hasta cara de frío. Yo, acusada de friolera en muchas ocasiones, iba en mangas de camisa (de cuadros, por supuesto). Ahora bien, es salir el sol y te sobra hasta la camisa.

Podría acostumbrarme a este tiempo. Primavera todo el año durante el día (siempre y cuando haga sol) y frío en las noches otoñales e invernales. El sol luce casi todos los días del año por lo que se está mejor fuera que dentro de las casas, que son frías como pocas. Prefiero la época de lluvia (primavera-verano) a la seca (otoño-invierno) pero el hecho de que el sol brille más y más intensamente alegra a cualquiera. No tanto que a las 19:00 sea de noche prácticamente todo el año. Por ponerle una pega a este tiempo monótono. Nada extremo. En las antípodas de mi querida Tonopah. Pensé que echaría de menos el frío, que poco me conozco a estas alturas todavía. No extraño los -20C que sufrimos alguna noche, ni sus consecuencias: que se congelaran las tuberías, por ejemplo. Sí echo de menos la nieve. Saltar de la cama cual niña chica, correr a la ventana y, al asomarme, ver un manto blanco que todo lo cubre, embelleciendo cada rincón hasta el punto de convertirlo en el pueblo más bonito. Sacar la cámara y no parar de disparar, como si fuera la primera vez que veo la nieve. La misma ilusión. Me da que aquí, en Sudáfrica, no voy a tener demasiadas instantáneas de este tipo. Me comentan los lugareños que nevó (ligeramente) en Johannesburgo en 2011, lo cuentan como algo anecdótico por lo que no creo que nos toque vivirlo. Aunque si tengo mono de nieve siempre puedo acercarme a Drakensberg, por ejemplo, a unas 4-5 horas de casa en coche. 

De momento, he guardado las chanclas en el armario, más que nada por no desentonar con mis vecinos que ya calzan botas de invierno (forradas con pelo dentro en algunos casos). Y del bañador ni hablamos primero porque la playa ni la olemos desde aquí y segundo porque la piscina (abierta todo el año) estaba ya helada en verano por lo que no me quiero ni imaginar cómo estará ahora. Así que no esperéis foto de mis pies este año. Mi verano ya pasó, aunque este otoño primaveral no está nada mal tampoco.