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Algo bonito para un día gris de otoño. Un par de cielos de lugares muy particulares.

Tonopah

Pocos cielos he visto más impresionantes que el de Tonopah. Su altura (6047 pies o 1.800 metros) y el hecho de que esté en mitad de la nada (a 300 millas o 480 kilómetros de la ciudad más próxima) hace que las estrellas, que parecen multiplicarse cada noche, brillen sin competencia. Su atardecer no es menos impresionante. Se tiñe de un intenso rojo bañado de vivos rosas y naranjas. Su belleza quita el hipo. No exagero. Hay algo de “casa” en él y mucho de morriña.

Johannesburgo (y alrededores)

¡Como visten las nubes el cielo de Johannesburgo! Parece que posen. Y que bailen al compás de la tranquila brisa que emborracha a sus paisanos; o de sus tremendos vendavales que amenazan, sin piedad, con lluvia. Sus bravas y generosas tormentas crujen el cielo como si no fuera a haber mañana. Me producen cierta nostalgia. Me trasladan a las tardes otoñales en casa de mis abuelos en Cala Canyellas (Costa Brava). Ha llovido demasiado desde entonces.

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Coger distancia. Relativizar. Respirar. O cómo intentar controlar la impulsividad. ¿Es algo que se aprende con la edad o cuando la vida te da limones?

Con todo lo que está cayendo es difícil mantener la compostura. Da igual de qué “bando” estés. Siempre habrá algo del “otro” que te moleste. Algún comentario desafortunado (según tu punto de vista) que te duela. Hace no mucho estaría escupiendo mis verdades a doquier, indignada como pocos, respondiendo mensajes que buscan una respuesta a corazón abierto. Buscando, incluso, qué piensa aquella persona sobre este tema. Enfermizo. Pero no he venido a hablar de política (seguramente tendría más sentido en estos tiempos que corren). Si ya no le encuentro el sentido a amargarse por temas políticos, mucho menos por fútbol.

Con lo que yo he sido. Lo cierto es que yo era de esas, que lloraba (literalmente) cuando perdía mi equipo, el Barça, por supuesto. Que dejaba de cenar y me acostaba de mala leche. A la mañana siguiente no leía periódicos y evitaba todo contacto con hooligans como yo (del equipo contrario, claro). Si me buscabas, me encontrabas. Y si no, quizá también. Cuando llegaron las malditas redes sociales, la cosa empeoró notablemente. De repente, somos expertos de todo y todos tenemos una opinión que merece ser compartida. ¡Qué fácil es vomitarle a una pantalla! ¡Y que gratuito, “atacar” las ideas o sentimientos de los demás!

Lo que intento explicar -aunque creo que sin éxito- es que no me encontraréis discutiendo por las redes ni de política y mucho menos de fútbol. Cógete un vuelo, te invito a un café y hablamos de lo que quieras.

NOTA: Lo de ayer duele. Hablo de la eliminació del Barça ante una immensa Roma en Champions. Pero ya no me quita el apetito, ni el sueño, ni mucho menos me roba una lágrima.

NOTA 2: Lo de anoche fue otro tremendo ejercicio de autocontrol para mí. Apagar el móvil. Respirar y descansar. Salud!

Mi romance con lo kitch, lo artificial empezó -sin buscarlo ni quererlo- en 2008. Me atrapó cuando viajamos a Estados Unidos a visitar mi hermano Alex, que por aquel entonces vivía en Truckee (un pueblo de California con bastante más atractivo que Tonopah, las cosas como son). Tras pasar frío en San Francisco, disfrutar cada kilómetro de la carretera costera californiana descubriendo maravillas como Carmel, pisar el famoso Los Angeles y mi favorito San Diego, el colofón de un viaje inolvidable iba a ser Las Vegas (muy a mi pesar, por aquel entonces). Antes, una parada que no venía de paso y seguramente era del todo innecesaria.

Mis compañeros de viaje me arrastraron -no hubo convencimiento alguno- a cruzar la frontera para tomarnos una costosa Coronita en  Tijuana, México. Una decena de carteles nos anunciaban que “estábamos a punto de abandonar Estados Unidos” con un implícito “¿estás seguro de ello?. Y nosotros hicimos caso omiso a cada uno de ellos. Nos adentramos en un barrio de lo más pintoresco, del que salimos por patas. La gracia de pisar el país vecino nos llevó a cinco horas de espera en la frontera,  amenizada por vendedores ambulantes y músicos, para cruzar a USA de nuevo. Eso sí, podemos marcar en el mapa que hemos “visitado” México, que es lo importante. Esta aventura retrasó notablemente nuestra llegada a la ciudad de las luces yankee, que fue a las 2 am, una hora intempestiva para todo el mundo excepto para los lugareños y los españoles, claro. Por supuesto, no había habitaciones en los casinos principales -era Semana Santa- y nos alojamos en un motel muy modesto a pie de calle del famoso Strip. La ciudad del entretenimiento y yo no empezamos con buen pie; ni sus llamativas luces ni los esperpénticos edificios me impresionaron. Pero se hizo la luz y, con ella, llegó mi asombro. Dejé las Uggs en la maleta (estábamos a 30 grados en marzo, todas las piscinas abiertas) y recorrimos la parte más turística de la ciudad.  Y caí rendida. La había subestimado. Entonces el destino intervino y nos mandó a ese pedazo de desierto en 2012. Y el resto ya lo sabéis.

No, no es lo mismo pero…

Mi visita al Montecasino de Johannesburgo -un año después de mi llegada a la ciudad- despertó sentimientos que creí olvidados. Hacía ya dos años que abandonamos Nevada a toda prisa y, desde entonces, no  había pisado ningún casino. Si soy sincera, los únicos que he pisado han sido en USA y, ahora, en Sudáfrica. No, no me interesa el juego en absoluto, de hecho solo he apostado -siempre al 7, 17, 27- a la ruleta el mínimo requerido y en contadas ocasiones. Además en los casinos siempre se pierde ya sea dinero o la dignidad (barra libre de bebidas mientras estás activo en la mesa). Sin embargo, el envoltorio, su “acompañamiento” sí me llama: espectáculos como el de David Coperfield, conciertos como Muse, OffSpring, Foster the People o El Circo del Sol. Estar en un local y que suba Sean Paul al escenario a presentar su hit “She doesn’t mind”. Esto no pasa en cualquier lugar. La diversión tiene una dirección. Y la opulencia también.

Sun city y Montecasino

Cruzando el charco, en un lugar que poco o nada tiene que ver con la realidad norteamericana, hay un rincón que quiere parecerse a Las Vegas.  Su nombre Sun City. Está ubicado en mitad de un paraje incomparable, el Parque Nacional de Pilanesberg, que no tiene nada que envidiar al desierto de Nevada. Aunque el calor también aprieta en esta época del año (febrero), es mucho más llevadero. Por nostalgia, quizá. O por frikismo, si quieres elegí este lugar para pasar una fecha señalada. Y no me defraudó. Nos hospedamos fuera del inmenso complejo, en un pequeño resort llamado Kingdom a una hora y media de Johannesburgo, a cinco minutos de Sun City y a quince del parque nacional. En nuestra visita al gigante del entretenimiento me alucinaron las instalaciones dedicadas al disfrute de sus clientes: la playa de olas, el lago dónde realizar actividades acuáticas; y en menos medida el casino -muy discreto y con poco jugador- y la zona de restaurantes. Un inconveniente, si no te hospedas en el complejo, te hacen aparcar en la entrada y desplazarte en autobús lo que no resulta muy cómodo si viajas con niños pequeños.

Sin embargo, no hace falta irse tan lejos cuando la morriña aprieta. En el norte de Joburg hay un casino-sin-más con buenos restaurantes y espacios para los más pequeños como la reserva de pájaros (“Birds Gardens”). La luz igual de tenue, el mismo olor y el sonido de las máquinas me invitan a viajar a esa etapa de mi vida que tanto extraño.

 

Tengo un nudo, una especie de bloqueo, por eso, Toño, no escribo. Tu sabes de lo que hablo. Por eso he reemplazado las palabras por fotografías. Es más fácil. Muestran realidades sin hablar de sentimientos, sin desnudar el corazón. No es que no quiera escribir, es que no me sale nada: ni bueno (si es que alguno lo fue) ni malo. Tampoco es que no tenga cosas que contar. Hoy he quedado con unas amigas (dos de ellas expats también, de Pakistan y Colombia) y no he parado de hablar. Al sentarme en el coche de vuelta a casa me he sentido hasta un poco avergonzada de no haber sido capaz de callar en esa hora y media. Quizá ha sido fácil porque “solo” nos estábamos poniendo al día, hablando de temas amables, pero sin entrar en temas profundos que, tal vez, me hubieran incomodado. Hay muchos temas que me incomodan últimamente, algunos que incluso duelen y otros que, directamente, no me interesan en absoluto. Y cada vez disimulo peor. Soy consciente de ello. No sé si culpar de ello a la edad, a un suspiro de cumplir los 35, o mi realidad. Quizá sea un poco de las dos cosas. Me guardo mucho más de lo que debería si quieres y como dice mi amiga Lucía, luego hago bola y cuesta más tragar. Son rachas, imagino. Tenemos todo el derecho del mundo a sentirnos así, a no querer escribir, a charlar como cotorras, a encerrarnos en nosotras mismas o a vomitar nuestro estado de ánimo a las primeras de cambio. A estar animadas o hundidas. Si no quizá sería un poco aburrido. Puedo disfrutar del aburrimiento un día y ahogarme en él, al siguiente. Y aunque a menudo he bromeado con ello, no creo que sea bipolar, si eso tranquiliza a alguién. A mis padres, seguro. Y si lo fuera, ¡qué más da!

Me guardo pocas palabras para mí últimamente. Y no es que no tenga cosas de contar -que también podría ser-. Simplemente -si de simple tiene algo- me falta voluntad. Quizá me resulte más fácil escribir para otros. Lo cierto es que tengo más de diez entradas en la carpeta de borradores desde hace una eternidad, escritos que no me decido a retomar ni mucho menos a publicar. De algo que no sé si quiero hablar. Quizá algún día.

Mientras le doy vueltas, dejo un puñado de fotografías de mi ciudad. Porque cuando no salen las palabras, las imágenes pueden ser un buen comodín. ¡Salud y felices Reyes Magos!

Rebozar croquetas de pescado cuando llevas 27 horas sin agua corriente y no sabes cuando volverá, quizá no seaa mejor idea.

Si hace un mes me preguntabas si prefería estar unas horas sin agua o sin luz, te hubiera dicho lo primero. Me retracto. Estar sin agua no tiene nada de romántico, ni gracia alguna. De poco sirven 5 litros de agua que guardaba “por si nos volvemos a quedar sin agua”. Porque sí, ha pasado más veces pero nunca tanto tiempo, ni había afectado a un area tan extensa. Prácticamente todo Sandton (nuevo centro financiero y su rensidencial) está seco. Algunos desde el lunes. A otros, les acaba de volver. No es nuestro caso. Sales en busca de provisiones y ¡sorpresa! No eres la única. Las estanterías (de agua) de cualquier supermercado, desiertas. Solo queda agua con gas y de sabores (también con gas). Y no queda otra que mendigar.

Decían que eran labores de mantenimiento. Resulta que se ha reventado una tubería y su reparación no es sencilla. Me precipité al atribuir el corte a la sequía y la falta de previsión. Y es que no han caído más que cuatro gotas desde que entraramos en la “supuesta” época de lluvia. Lo cierto es que hace un mes que las tardes debían estar pasadas por agua, con sus tremendas tormentas, sus truenos y relámpagos. Se echan de menos. Especialmente los días, como hoy, en los que se rozan los 32 grados. Sin noticias de la primavera otoñada que nos recibió cuando llegamos hace un año.

*Si lo sé me quejo antes, #waterisback

Hay héroes y SUPERHÉROES. Los que me encontré ayer por las calles de Parkmore eran bravos, nobles y tiernos como el algodón de azúcar. También había hadas y duendes. Alguna “brujilla”, mucho esqueleto y algún que otro zombie. Incluso un monje tibetano repitiendo helados de fresa. Sí, mamá, aquí también se celebra Halloween. Con sus calabazas, las arañas y sus telas y el famoso “Truco o trato”.  No llaman al timbre de las casas en busca de caramelos, lo cual puede resultar muy conveniente para no molestar a los vecinos que reniegan de esta fiesta yankee. En lugar de eso, ponen pequeñas “paraditas” a pie de calle y ofrecen, con amplias sonrisas, golosinas a los más pequeños y a sus fieles acompañantes. Un Halloween diferente en un país que no esperaba que lo celebrase. Otro año sin panellets. Papá, prepara el Suchard.